Mostrando entradas con la etiqueta Schumann. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Schumann. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de octubre de 2024

Reflejos del alba: música y poesía para el amanecer

 

Cuando amanece,

cubierta de rocío
está la rosa.

Somos testigos de un espectáculo sublime que nos perdemos cada día. La vida nos torna disidentes de la belleza. Queremos correr más que el tiempo y no nos paramos a mirar. Nada nos compensará el habernos perdido la luz de un amanecer. Cuando amanece, pequeñas gotas cubren hojas y flores que dormían en la noche callada. Nada respira, es la hora del silencio. Paisajes de sol y niebla. "A veces uno amanece con ganas de extinguirse… Como si fuéramos velitas sobre un pastel de alguien inapetente. A veces nos arden terriblemente los labios y los ojos y nuestras narices se hinchan y somos horribles y lloramos y queremos extinguirnos… Así es la vida, un constante querer apagarse y encenderse..." dijo Julio Cortázar. Cierto. Pero el primer rayo de la luz de la mañana nos murmura: la vida sigue.

AMANECE EN DOSRIUS
 
Se desmenuza la noche en el corazón de la niebla.
A través de mi ventana
veo procesiones de árboles que se desperezan.
Hay quietud, calma, letargo
en el frío de un amanecer en vela.
Mientras la luz alcanza los más lejanos portales,
espero ese rayo de sol alumbrando mi frente.
Ya no es destino mi almohada.
Siento el tiempo escurridizo, fugitivo,
huyendo del clamor de tantos sueños
engendrados en el vientre de esa luna
que cuenta las estrellas, cada noche,
una a una, para no perderlas.
La niebla se disipa.
Escucho los buenos días del sol sobre la tierra,
el lento despertar de los latidos,
con un rumor tibio de colores,
zapatos, voces y alientos,
carreras que llegan tarde, para empezar a vivir.
Ardiente paciencia la del sol…
Despierta, sueño un amanecer que no ha nacido:
el primer rayo de luz reflejado en tus ojos
y tu dorada sonrisa como despertar.
Cabe el sol entero en tu mirada al despuntar el día.
Por fin recibo la blancura del alba
con un grito ahogado entre las manos.
Gozoso impulso de amanecer tardío.
 
(Dosrius, 2 de enero de 2011.
La foto la hizo mi hija Ainhoa el 15 de agosto de 2010)

("El Amanecer" Peer Gynt, de  Edvard Grieg)

Los rayos crepusculares  rompen  las nubes. En cada uno hay escrito un libro de luces infinitas, un sol que amanece, que siempre está ahí para quien camina, fuerza humana que transita por los oscuros laberintos de la existencia. Todo comienza con un amanecer, pero lo que importa es lo que hagamos antes del crepúsculo.

AMANECE
 
Cuántos sueños escondidos
sin saber qué hacer con ellos,
cuántos momentos perdidos, lejanos, queridos, bellos....
No saber cómo atrapar
el profundo sentimiento
que al suave despertar
es la brisa y el aliento.
Como nube que entorpece
la mirada en el recuerdo
es la mente que enloquece
que vivirlo ya no puedo.
Cuántos sueños escondidos
sin saber qué hacer con ellos,
cuántos momentos perdidos,
quizás...esté ya despierto.
 
(Mario Benedetti)


("Amanecer", Daphnis et Chloe, Maurice Ravel

Un amanecer es un poema escrito en la tierra con palabras de luz. Las palabras se mezclan con la via. Por eso es bueno inventarse nuevas definiciones como hace Luis García Montero. Convicción: una firmeza en las personas serenas. Optimismo: compromiso posible más allá de la ingenuidad. Despertador: animal de compañía que nos invita a repasar el amanecer para perfeccionar la vida.

AL AMANECER

Salta cantando alegre en la enramada
el tierno pajarillo sus amores,
pasa besando las sencillas flores
la juguetona brisa enamorada.
 
Se retira la noche avergonzada
de tanta luz, encantos y colores
y baña con sus tibios resplandores
naciente rayo la órbita azulada.
 
Se despierta cantando la mañana
la venida feliz del nuevo día,
cúbrese el cielo de color de grana.
 
Todo es amor, doquier todo armonía,
que hasta un borrico atado a mi ventana,
rebuzna deleitable sinfonía.
 
(Vicente Ruiz Llamas )

(“Serenade” Franz Schubert)

Hay un sol que amanece en cada herida, un rayo de luz que se cuela por la rendija del alma despabilando de a poco junto al castrado silencio.

RIMA LXII
 
Primero es un albor trémulo y vago,
raya de inquieta luz que corta el mar;
luego chispea y crece y se dilata
en ardiente explosión de claridad.
 
La brilladora luz es la alegría;
la temerosa sombra es el pesar:
¡ay! en la oscura noche de mi alma,
¿cuándo amanecerá? 

(“Campanas del alba” Eduardo Sainz de la Maza)

Con intrépida arrogancia y elegancia desmedida, las primeras luces del día dejan entrever la bruma blanca como un sudario, mientras se va encendiendo al sol, somnoliento secreto de una ilusión reprimida.

ALARGAME EL ABRAZO

Hombre soy que en la pálida mañana
ruega a la luz demora de su paso;
hay tanto que beber aún de tu vaso,
tanto de ti la noche se engalana.
 
Cuando la aurora llame a la ventana,
pretendamos dormir, como si acaso
nuestro sueño, cubierto de retraso,
requiriera repique de campana.
 
Prolongaré la noche, tuya y mía,
sobre la tersa cúpula del día,
que desconocerá el amanecer.
 
Alárgame el abrazo, que no puedo
detener más el tiempo, y tengo miedo
que vayas pronto a desaparecer.
 
("Soneto 896" Francisco Álvarez Hidalgo)

(“Amanecer” Joseph Haydn)

La ciudad se despereza y recupera poco a poco su latido pausado. La ciudad se despereza, hundida en su pozo brumoso reclamando su dosis de vida. La ciudad se despereza como si no tuviera ninguna prisa. Mientras, late despierta la poesía.

En el corazón de cada árbol
se ha estremecido la medianoche.
 
La noche se desmenuza
en lenta procesión de niebla.
 
Todas las tardes terminan su cansancio.
 
Los letreros luminosos duermen
el asombro de sus colores
y anticipan la contemplación de cada pobre.
 
En toda esquina vigila el sueño
y es tu recuerdo la única pena
que humilla la altivez de las aceras.
 
Lejos, el primer mendigo,
traiciona el portal donde ha dormido.
 
Y la ciudad se abre como una carta
para decirnos la sorpresa de sus calles.
 
(Norah Lange)


 AMANECER EN VALENCIA

Estas rachas de marzo, en los desvanes
--hacia la mar-- del tiempo; la paloma
de pluma tornasol, los tulipanes
gigantes del jardín, y el sol que asoma,
bola de fuego entre dorada bruma,
a iluminar la tierra valentina...
¡Hervor de leche y plata, añil y espuma,
y velas blancas en la mar latina!
Valencia de fecundas primaveras,
de floridas almunias y arrozales,
feliz quiero cantarte, como eras,
domando a un ancho río en tus canales,
al dios marino con tus albuferas,
al centauro de amor con tus rosales

(“Amanecer Madrileño” Pablo Sorozábal

Alba: presencia de la sangre, tristeza de la agonía de la Naturaleza moribunda. Luto infinito, dolor de la pérdida.

LIED I
 
Era el alba,
cuando las gotas de sangre en el olmo
exhalaban tristísima luz.
 
Los amores
de la chinesca tarde fenecieron
nublados en la música azul.
 
Vagas rosas
ocultan en ensueño blanquecino
señales de muriente dolor.
 
Y tus ojos
el fantasma de la noche olvidaron,
abiertos a la joven canción.
 
Es el alba;
hay una sangre bermeja en el olmo
y un rencor doliente en el jardín.
 
Gime el bosque,
y en la bruma hay rostros desconocidos
que contemplan el árbol morir.
 
(José María Eguren)


 ("Cantos del Alba" Robert Schumann)

A mitad de camino entre la mar y el cielo, rayos de luz crepuscular; fértil gesto de vida proseguida sobre la arena oscura expuesta al sol. Amor que acoge el laberinto de nácar donde verter nuestros sueños.

 Pero cuando amanece
en la playa larga y solitaria,
cuando el sol comienza a acariciar
las dunas y las olas,
cuando las gaviotas y los peces
saludan jubilosos el despertar de la mañana,
entonces el mar, mi mar,
me habla de emociones contenidas
mientras mis pasos presurosos
interrumpen el cristal claro de las aguas
en las orillas de la playa.
 
Entonces me hago de sueños
y dejo acunar los sentimientos dormidos
en cada paso, en cada huella
de aguas y de arenas. Entonces
mi canto es un canto de peces y gaviotas,
de barcos que faenan a lo lejos,
de bancos de sardinas o jureles
que buscan su amor desesperado.
 
Y mis pasos, que el agua borra
pero que guarda la arena dorada,
son versos de esperanza
que voy lanzando a los vientos,
al agua, a las olas, a las gaviotas...
a todo lo que añoro y lo que amo.
 

(“Alba, aliento de ballenas, mar helado, de 7 haikus para piano solo” Thierry Huillet)

“Que mi canto sea simple como el despertar en la mañana, como el goteo del rocío en las hojas, simple como los colores de las nubes y los aguaceros a medianoche”. (Rabindranath Tagore)

AMANECER CON LLUVIA
 
Bueno es saber sin saber que se sabe.
Saber es la riqueza de lo que no se tiene.
Amo este día gris. Es un hueso de aire
que roe el aire.
Llueve como una letanía.
¿Qué me dice esta lluvia?
Llueve, extiendo las manos
con las palmas hacia arriba.
Recojo vida en ellas. Llueve.
¿Tiene sombra la nieve?
¿Y el granizo y la lluvia?
¿Tiene sombra cada pétalo
de la orquídea?
¿Y el perfil delicado del filo de una estrella?
Como un estribillo interminable llueve.
 
( Ángel Guinda)

(“Pour remercier la pluie au matin”, Claude Debussy )

Llega la madrugada para dejarnos en medio de nuestro propio silencio. Con el canto del gallo, se disipan la tiniebla nocturna y ese temor sombrío que nos impuso la noche con su espesura.

De madrugada
todo el silencio duerme,
el gallo canta.
(Valentín García Alonso)

"Era un glorioso día de julio, uno de esos días que sólo llegan después de muchas jornadas de buen tiempo. Desde el amanecer, el cielo estaba claro; la aurora no se inflamó en fuegos, sino que se tiñó de suaves arreboles. El sol -ni abrasador como en la época de la canícula, ni turbiamente rojo como en vísperas de la tormenta, sino radiante y benigno- discurría plácido detrás de una larga y estrecha nube, brillaba suavemente y se sumergía en su bruma de color lila. El alto borde sutil de la nubecilla relucía, serpeando, y su lustre parecía el de la plata labrada.” (El prado de Bezhin - Memorias de un cazador de Ivan Turgénev)

EL AMANECER
 
Blando céfiro mueve sus alas
empapadas de fresco rocío...
De la noche el alcázar sombrío
dulce alondra se atreve a turbar...
Las estrellas, cual sueños se borran...
Sólo brilla magnífica una...
 
¡Es el astro del alba! La luna
ya desciende, durmiéndose, al mar.
 
Amanece: en la raya del cielo
luce trémula cinta de plata
que, trocada con fulgente escarlata,
esclarece la bóveda azul;
y montañas y selvas y ríos,
y del campo la mágica alfombra,
roto el negro capuz de la sombra,
muestra nieblas de cándido tul.
 
¡Es de día! Los pájaros todos
lo saludan con arpa sonora,
y arboledas y cúspides dora
el intenso lejano arrebol.
 
El Oriente se incendia en colores...;
Los colores en vívida lumbre...,
¡Y por encima del áspera cumbre
sale el disco inflamado del sol!
 
(Pedro Antonio de Alarcón)

(“Crepúscule matinal” Erik Satie)

Cuánta belleza y sensibilidad en notas y versos… Pero hay otros amaneceres llenos de espanto y destrucción con la única música del rugir de las bombas israelíes y los únicos versos el llanto y el grito de dolor de seres indefensos. En agosto de 2022 hubo una Operación Amanecer, qué ironía... Los amaneceres en Gaza desde el 7 de octubre de 2023 son un infierno: 41.800 personas muertas, entre ellos 16.500 niños (incluidos 169 bebés nacidos después), 2.955 personas mayores de 60 años y más de 11.800 mujeres, a los que se suman más de 96.359 heridos (incluidos 8.663 niños y 19.000 mujeres) y más de 10.000 desaparecidos, más de la mitad de los desaparecidos son niños. Y la Franja devastada. Esos amaneceres sí los contemplamos sin hacer nada. 

Imposible acabar sin gritar: ¡Poned fin al genocidio palestino! No seamos soldados de los telediarios y los magacines, dejemos de ser habitantes de las trincheras mediáticas, no nos lavemos las manos con agua que está teñida con sangre. Digamos ¡basta! ¡Palestina libre desde el río hasta el mar!

"El grito de Gaza" Omar Esstar

Cuidaos mucho. Y cuidad la Cultura para que ella cuide de nosotros. ¡Y no a la invasión rusa! ¡Libertad para Ucrania! 

Buenas noches.  Bona nit.  Boas noites. Bones nueches. Arratsalde on Надобраніч. طاب مساؤك. לילה טוב

domingo, 5 de octubre de 2014

Brahms-Schumann: Dos Quintetos con piano

Veo cual es el camino que quiere seguir y puedo asegurarle que es también el mío,  la única posibilidad de salvación: la belleza”   Carta de Richard Wagner a Robert Schumann el 25 de febrero de 1843, a propósito del Quinteto, Op. 44.

Un cuarteto de cámara es como una botella de buen vino: el primer violín es la etiqueta, lo que define el vino. El chelo es la botella, el contenedor que todo lo recoge, todo lo sostiene. La viola y el segundo violín son el vino en sí.

En un cuarteto, el primer violín es el protagonista, el instrumento que suele tener la melodía; es el más agudo y el más reconocible por el público. Si no tuviera el apoyo del bajo que es como los cimientos, la base, la estructura musical se caería. La función del chelo es acompañar, llevar la música desde abajo hacia donde tiene que ir. La viola y el segundo violín son como los mediocampistas que van repartiendo juego, las voces interiores que dan sentido al cuarteto. Con ellos se interpreta la música de cámara, ese mal llamado género pequeño pero en el que  se encuentran los mayores tesoros escritos por compositores como Beethoven, Brahms, Schubert, Schumann o Shostakovich. Si esta estructura instrumental la convertimos en un quinteto añadiéndole un piano con toda su riqueza sonora podremos gozar de unas de las piezas más maravillosas de la música clásica.

Una noche del mes de mayo escuché en la radio que la música de cámara es el género más “democrático” porque  no apabulla haciéndote sentir pequeño, como las grandes orquestas, no hay batalla de egos entre directores e instrumentistas y es una armónica manera de “debate y discusión” entre músicos al mismo nivel. Quizás por ello me sumergí en ella la noche post electoral, a la espera de los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo, después de haberme sumido en la depresión ante la abstención comprobada. Pero no quise que la depresión tiñera la belleza y las emociones que los compositores que esta noche me acompañan nos querían transmitir. Así que esperé a que se diera el momento adecuado.


La caída de la tarde me ha llevado de cabeza a ella. El otoño es estación húmeda y aún cálida. El ambiente ideal para el arrastre por el vapor; para suscitar emociones que resucitan hojas caídas, hojas muertas de nuestro pasado, vivencias no del todo olvidadas, aunque conscientemente llevadas hasta la noche fría del olvido.
Unir en un mismo post los nombres y las músicas de Robert Schumann y Johannes  Brahms no necesita especial justificación ya que pocas veces en la historia de la música un joven compositor ha sido saludado tan efusivamente como Brahms por Schumann. La amplia amistad que el joven de Hamburgo mantuvo a lo largo de toda su vida con Clara Wieck (esposa de Robert muy pronto su viuda) y la fidelidad y defensa de la vida y la obra de su amado maestro son hechos que resaltan la compenetración de músicas tan íntimamente unidas y, sin embargo, tan diferentes. Ambos son Amor y Arte pues la cuna del romanticismo es germánica por muchas razones, pero la principal es el giro que la música dio en aquella cultura a comienzos del siglo XIX. Ningún arte podía expresar sentimientos, movimientos del espíritu, como la música.


Quinteto en Mi bemol mayor para piano y cuarteto de cuerdas, Op. 44, de Schumann

1842 fue el año de la "música de cámara" de Schumann, después de un estudio intensivo de obras clásicas compuso tres cuartetos de cuerda, un cuarteto para piano y piezas para trío de piano. Además, Schumann compuso con la mayor riqueza y libertad de que era capaz, el Quinteto en Mi bemol mayor para piano y cuarteto de cuerdas.  Era la primera vez en la historia que alguien utilizaba esta composición instrumental desde Brahms y Dvorak, hasta César Franck, Fauré, Granados o Shostakovich.  Schumann lo dedica a Clara, excelente pianista y compositora, su amada sobre todas las cosas desde aquel día del año 1835 en que la oyó decir cosas sensatas y vio brillar en sus ojos "un secreto y profundo rayo de amor". Creo que gracias a ese amor, nunca escribió nada mejor que su Quinteto para piano, una de las creaciones más perfectas de la música occidental.


El Quinteto fue acabado en octubre de ese año. Cuando se hizo su estreno en privado, el 6 de diciembre de 1842, Clara no se encontraba bien de salud y fue Félix Mendelssohn quien leyó a primera vista la parte del piano (está de más decir que era un pianista prodigioso) quedando admirado por la obra. Un mes después, el 8 de enero de 1843, se hizo la presentación en público esta vez sí ejecutado por Clara. La obra fue publicada en septiembre de 1843. 

Esta obra tiene mucha significancia para ellos pues dentro del trío del Scherzo, Robert incluye parte de un Romance que Clara había compuesto y que le había dedicado. Sin duda el Quinteto en Mi bemol mayor supone uno de los momentos más altos de aquella inmortal historia de amor, al principio contrariado por la oposición del padre de la novia. Pero hasta fue útil para forzar una reconciliación entre suegro y yerno. El viejo profesor Wieck, desde su soledad en Dresde, invitó a Clara a comienzos de 1853, pidiéndole que le llevase la partitura del Quinteto. Cuando la leyó envió a Schumann una carta encabezada por la frase latina "Tempora mutantur et nos mutamus in eis" (Los tiempos cambian y nosotros cambiamos con ellos) y donde, por vez primera firmaba "tu padre". No es vano decir que el Quinteto conmemora los dolorosos cuatro años y medio en los que el padre de Clara prohibió a los dos casarse.

Os invito, pues, a que os suméis a la ceremonia que se estaba celebrando, interpretada por Martha Argerich; a que sintáis cómo de la lentitud deliberada se pasa a la viva emoción de la música, una emoción que se traspasa a quién la escucha.  Y, desatados, llegaréis al allegro final que hace rogar que aquello no se acabe, como sucede cuando sentimos vivamente una emoción auténtica. Gozad de este maravilloso momento porque la emoción del arte como cualquier emoción es frágil y poco duradera. No podemás más que conformarnos, porque en ello estriba su esencia.


Quinteto en Fa menor Op. 34 de Brahms


El siguiente quinteto de esta noche es uno de los monumentos camerísticos de todos los tiempos, el Quinteto en Fa menor Op. 34 de Brahms en el que el compositor se alza impetuoso, desigual, sinfónico, robusto, majestuoso, implorante... y por esas fortificaciones sonoras caminan personajes cambiantes.

Brahms cultivó la música de cámara, con piano y sin piano, durante toda su vida llevando a cabo una incansable actividad camerística, sobre todo si tenemos en cuenta la tremenda criba a la cual sometía este tipo de composiciones. 

Se sabe que destruyó muchas partituras de cámara y en el origen mismo del Quinteto en Fa menor, Op. 34 encontramos una de ellas. En efecto, el Quinteto Op. 34 pasó por diversas vicisitudes antes de llegar a ser lo que es. La versión original comenzó en la primavera de 1862. La forma definitiva quedó coronada en 1864, y en 1865 se estrenó luego de una turbulenta sesión en la que Brahms en persona, el director Hermann Levi y el violinista Ferdinand David copiaron las partes para cuerdas, mientras el compositor utilizó un boceto a lápiz para la parte de piano. Entre las dos versiones existe una tercera, para dos pianos, que Brahms conservó y continuó gustando como realización alternativa de sus ideas musicales.

El caso es que Clara Schumann criticó la "monotonía" de esa versión intermedia, y esto pudiera haber decidido al autor a recrear la obra como Quinteto con piano. Por otra parte, cabe también la hipótesis de que Brahms hubiera comenzado ya la versión para cuerdas y piano al mismo tiempo que escribía aquella concebida como sonata a dos pianos.

Dejaos llevar por el motivo del semitono y su imperio secreto; por el tema serpenteante/ondulante, los imponentes acordes del scherzo, por el desequilibrado Finale, con su Introducción wagneriana.





lunes, 26 de mayo de 2014

Schumann y Martha Argerich

Música para escuchar de noche cuando las palabras no alcanzan

Escuchar a Schumann es evocar una vida fracturada. Esta noche me he dejado llevar por este brillante músico y crítico musical que tanto aportó al romanticismo, el período histórico-artístico en el que el arte de los sonidos alcanzó la máxima consideración. Escuchar a Schumann es constatar asimismo que la enfermedad mental es un desafío a la medida humana y, a su vez, de todas las potencialidades personales. Quizás por ello me he sumergido en ella esta noche post electoral, sin haber digerido los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo, después de haberme sumido en la depresión ante una abstención que no es indiferencia sino un gran error. 

Robert Schumann fue el príncipe de los compositores alemanes románticos. Su vida breve se inició en la búsqueda de la maestría como ejecutante del piano hasta que una distonía del dedo medio de la mano derecha  coartó su perspectiva vocacional. Sin arredrarse ante ello, Schumann abordó una provechosa carrera de compositor musical y una de sus primeras obras fue precisamente una tocata (Opus No. 7) donde no era menester el uso de tal dedo para ejecutarla.  En cierta ocasión manifestó que había aprendido más música leyendo a su poeta preferido que asistiendo a las clases de su profesor de música. De esta manera describía con mucho sentido la tendencia, típica entre los primeros compositores románticos, de poetizar la música y servirse de ella como mero espejo autobiográfico, postura que habría de provocar la evolución de las grandes formas beethovenianas a formas más sencillas e íntimas.

El músico alemán fue un maníaco depresivo que alternaba períodos de extrema productividad con épocas en que quedaba sumido en la más profunda tristeza. Su obra está marcada por esos estados de ánimo.Tradicionalmente se ha adjudicado la capacidad de desmesura creativa de muchos intelectuales y artistas con supuesto diagnóstico de trastorno bipolar (antes llamado psicosis maniaco-depresiva) a sus episodios patológicos de elevación del estado de ánimo, pero esa tentación de aureolar de romanticismo tales episodios resulta devaluadora e injusta para el creador puesto que soslaya la capacidad de afronte y ajuste del mismo caudal de talento humano. Sería más ponderado valorar este proceso en su dimensión positiva de resiliencia y de adaptación. Esto es, no creadores tanto por la enfermedad sino pese a ella y a partir de ella.

Para que las obras de un compositor consigan transmitir la cálida intensidad con la que fueron compuestas se necesitan grandes intérpretes como la pianista argentina Martha Argerich.

Martha nació en Buenos Aires el 5 de junio de 1941 y está considerada una de las mayores exponentes de la música clásica, de su generación y la posguerra. Esta magnífica pianista ha sabido conservar las cualidades de la niñez, eso que todos buscamos preservar pero que no llegamos a conseguirlo. La vida es muy difícil en muchos aspectos y acabamos comportándonos sin remedio como adultos.

Pero Martha Argerich preserva en sus ejecuciones la frescura de la infancia, algo  indispensable para su arte. Desde edad muy temprana tuvo una conciencia de adulto. En cuanto empezó a aprender el piano a la edad de tres años, ya tenía una exigencia interior muy, muy grande. Esa es la paradoja fundamental de su personalidad. Argerich es una mujer profunda, inteligente, pero no es… razonable. Huye de la realidad. Y ella es consciente de eso. Argerich vive de noche, trabaja de noche, se escapa del día porque el día es el momento donde todo el mundo trabaja, donde hay que ser “eficaz”. Todas esas cosas le son ajenas. En cambio, de noche se encuentra en su centro íntimo. No hay más que oírla. La comprendo, perfectamente.

Podemos empezar a deleitarnos con la fusión de la pianista y el compositor en su Concierto para piano en La menor. La vocación de Robert Schumann por el piano le movió pronto a componer un concierto para este instrumento, pero según algunos de sus escritos, no se sentía satisfecho con las formas tradicionales de la época. A los dieciocho años comenzó a componer uno y poco después otro, sin acabarlos. En 1839 nuevamente hizo algunos bosquejos y finalmente en 1841 dio por terminada una obra de un sólo movimiento a la cual puso el título de Fantasía para piano y orquesta, en La menor.

Su esposa  Clara Wieck interpretó la pieza el 13 de enero de 1841 en la sala Gewandhaus de Leipzig, pero al parecer nadie se interesó en la obra y Schumann puso esta nota en la partitura: "Vender a cualquier editor". Así estuvo olvidada algún tiempo, hasta que Clara hizo algunas sugerencias a su esposo y éste compuso el Intermezzo y el Rondó final para completar la Fantasía. El estreno del Concierto en La menor, tuvo efecto el 4 de diciembre de 1845 en Dresden, con Clara como solista y la dirección de Ferdinad Hiller. La obra fue acogida favorablemente, recibiendo buenas críticas de los periódicos Leipziger Allgemeine Musikzeitung y del Dresdner Abendzeitung.

Clara Schumann escribió poco después respecto a la obra: "Tan rico en invención, interesante de principio a fin, lleno de frescura y bellamente cohesionado como un todo ... El piano no es sólo un solista sino un instrumento más tejiendo la música con la orquesta... no se puede pensar en uno sin el otro".

Durante toda su carrera como pianista, Clara tocó el Concierto en La menor con el deseo de que fuera conocido ampliamente y aceptado por el público, siempre reticente a la música de Schumann. En 1859, un estudiante del Conservatorio de Leipzig llamado Edvard Grieg escuchó a Clara interpretarlo y más adelante se inspiró en él para componer su propio y también muy bello y conocido concierto. Por diversas razones, el Concierto para Piano de Schumann constituye posiblemente la obra cumbre de su producción. El tema básico de su desarrollo es el sentimiento de dos personas enamoradas, su anhelo de felicidad y dicha, la pasión que lo inspira. He aquí el primer movimiento. Acompaña a la pianista la Orquesta Gewandhaus de Leipzig bajo la batuta de Riccardo Chailly


A pesar de que el sueño empieza a vencerme quiero ofreceros otra joya más: el Quinteto en Mi bemol Mayor, para piano y cuarteto de cuerdas op 44. Schumann compuso esta obra con la mayor riqueza y libertad de que era capaz, . Era la primera vez en la historia que alguien utilizaba esta composición instrumental de tan brillantes consecuencias, desde Brahms y Dvorak, hasta Cesar Franck, Fauré, Elgar, Bretón, Granados o Shostakovich. Schumann lo dedica a Clara, su amada sobre todas las cosas desde aquel día del año 1835 en que la oyó decir cosas sensatas y vio brillar en sus ojos "un secreto y profundo rayo de amor".


Sin duda el Quinteto en Mi bemol mayor supone uno de los momentos más altos de aquella inmortal historia de amor, al principio contrariado por la oposición del padre de la novia. Pero hasta fue útil para forzar una reconciliación entre suegro y yerno. El viejo profesor Wieck, desde su soledad en Dresde, invitó a Clara a comienzos de 1853, pidiéndole que le llevase la partitura del Quinteto. Cuando lo leyó envió a Schumann una carta encabezada por la frase latina "Tempora mutantur et nos mutamus in eis" (Los tiempos cambian y nosotros cambiamos con ellos) y donde, por vez primera firmaba "tu padre".

La emoción me pide que esto no se acabe, como sucede cuando sentimos vivamente una emoción auténtica. Pero es muy tarde ya. Espero que lo hayáis saboreado. Porque la emoción del arte como cualquier emoción es frágil y poco duradera y hay que conformarse, porque en ello estriba su esencia.