Mostrando entradas con la etiqueta Martha Agerich. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Martha Agerich. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de mayo de 2016

Frédéric Chopin

La intimidad de la música

Suspiró profundamente y recogió dos cubiertos, un tenedor y una cuchara, que habían germinado junto a las zanahorias. Esa misma tarde reemprendió el experimento: plantó una flauta, tres partituras y un do sostenido. Luego se sentó en el porche y empezó a silbar. Lo miramos con ojos de rutina. Durante meses abonó la tierra, regó los surcos y arrancó, incansable, las malas hierbas. Una mañana nos despertó con sus gritos; nadie entendía su corretear gallináceo, su euforia desmedida. Nos arrastró hacia los ventanales y abrió el portalón. Desde allí pudimos contemplar, fascinados, como había brotado, en medio del huerto, un imponente piano de cola.

Si el piano es el instrumento romántico por excelencia se debe en gran parte a la aportación de Frédéric Chopin. En el extremo opuesto del “pianismo” orquestal de su contemporáneo extravertido, apasionado y casi exhibicionista Liszt, el compositor polaco desarrolló un estilo intrínsecamente poético, de un lirismo tan refinado como sutil, que aún no ha sido igualado.


Chopin es de una importancia enorme para todos los pianistas porque exploró una nueva forma de hacer sonar el piano. Muy pocos han hecho “cantar” al instrumento, exprimiendo sus recursos tímbricos y dinámicos, con la maestría con qué lo hizo él. Y es que el canto constituía precisamente la base, la esencia, de su estilo como intérprete y como compositor. Su técnica para tocar el piano no nos hace gritar de la sorpresa, sino que entra de forma muy sutil y natural.

La simplicidad es el logro final. Después de que uno haya jugado con una cantidad grande de notas, es la simplicidad que emerge como una recompensa del arte.

Pero, sobre todo, el gran logro de Chopin es que encontró el modo de hacer cantar al piano de una manera personalizada, dirigiéndose a cada intérprete y a cada oyente, de forma individual. Compone para cada uno de nosotros, exclusivamente. Es una cualidad muy rara y especial, la intimidad en la música. Chopin no es como Beethoven, que va declarando a los cuatro vientos sus ideas. Chopin se dirige a ti y solamente a ti. Eso le da una belleza y una profundidad que, para mí, son importantísimas.

Esta noche volveremos a escuchar el Nocturne op. 9 no. 2 el más divino poema de amor transformado en música. Fue la pieza con la que inauguré este blog. Como ya expliqué entonces mi abuela tocaba este nocturno como si el propio Chopin guiara sus manos. Se había pasado horas y horas tocando sus obras a oscuras en su piano de cola. Era una chica de "buena familia" de Isla Cristina (Huelva). Podría contar cosas de ella y no acabaría nunca. Desde muy pequeña me transmitió la pasión por Chopin y por el vals. No somos conscientes de lo importante que son en nuestras vidas algunas personas hasta que ya no están con nocotros.

Es difícil expresar con palabras lo que Chopin dibujó de manera insuperable con notas: Melancólico y llenos de arpegios, siempre sutil, dedicado a Camille Pleyel, este Nocturno pasa de la melodía a la exaltación. La pieza termina tan silenciosa como se inicia. La intimidad es sobrecogedora.

Chopin escribiría sobre la partitura la manera de digitar para obtener la sonoridad que deseaba, hecho curioso, ya que a él le gustaba dejar al intérprete la libertad de ejecución: Si cerráis los ojos es fácil percibir el distinto color de las notas que suenan, cómo unas veces las teclas del piano son presionadas con fuerza y energía, otras veces con delicadeza, acariciando la melodía. Así se demuestra la maestría de un intérprete, que con sólo ver un pentagrama oye la música en su cabeza, con todo lujo de detalles. Sienten la música, ven la música, la perciben hasta un nivel en el cual el resto de los mortales jamás seremos capaces de alcanzar jamás.

Sin desmerecer al maestro Rubinstein y a tantos otros, el pianista chino Yundi Li es el mejor intérprete de los nocturnos de Chopin actuales que conozco, siendo la competencia muy grande, lo sé. La claridad en la ejecución y su dulce ternura ha sabido para mí captar como nadie el encanto y el espíritu romántico del compositor polaco.


El pasado 18 de abril tuve la enorme suerte de asistir a un concierto en L’Auditori de Barcelona, acompañando a mi madre. En él pude escuchar a la maravillosa pianista Maria João Pires interpretando a su querido Chopin, el autor que la convirtió años atrás en superventas de la música clásica con su grabación de los “Nocturnos” un maravilloso regalo que me hizo Jesús (y que escuché con mi abuela infinidad de veces). Pero como sucede cuando las pequeñas y volcánicas manos de la ilustre pianista se deslizan sobre el instrumento para extraer la atmósfera esencial de las grandes obras, ella pasó a ocupar el papel de protagonista con una interpretación antológica del Concierto para piano número 2 en fa menor del compositor polaco, pese a que se había anunciado que ofrecería un concierto de Mozart. No os podéis imaginar el alegrón que me dio cuando supe del cambio (con todos mis respetos y mi admiración a Mozart, evidentemente)

Este concierto lleva el número dos pero fue el primero que Chopin compuso a los 19 años. (Pocos meses después verá la luz el segundo, en mi menor, y que lleva el N° 1.) De estructura clásica en tres movimientos, su estreno se realizó el 17 de marzo de 1830. Chopin alquiló para ello el Teatro Nacional de Varsovia y tres días antes del estreno sintió cómo lo inundaba la alegría al enterarse de que todas las localidades estaban vendidas. La acogida fue calurosa, de público y de crítica, a tal punto que cinco días más tarde se vio obligado a ofrecer un segundo concierto, con la sala abarrotada nuevamente. En este concierto segundo movimiento, Larghetto, por segunda vez produjo gran efecto. Pero a Chopin no se le subieron los humos a la cabeza. Escribe a un amigo:

"En todas partes me hablan del... Adagio!!... aunque no improvisé como deseaba... Me piden que haga grabar mi retrato y lo difunda entre el público. Me opongo, porque sería demasiado... ¡y además no tengo ganas de servir para envolver manteca! ..."


Si os apetece escucharlo entero, aquí os dejo a Maria João Pires con Trevor Pinnock y la Orquesta Filarmónica alemana de Bremen en un Concierto en el Teatro de los Campos Elíseos de París, el 16 de enero de este año.


Como propina, aquella memorable noche en L’Auditori Pires nos ofreció el Vals en re bemol Op 64 Nº 1 llamado "Vals del Minuto" o "Vals del Perrito"

       
         Pasemos ahora a otra de las composiciones más famosas de Chopin, los “Estudios”. El pianista tuvo que elegir el oficio de profesor de música como medio de vida por razones de necesidad: sus composiciones le significan sumas ínfimas y ofrece muy pocos conciertos (y a menudo en beneficio de alguna obra de caridad) Aun cuando gran cantidad de alumnos pertenecen a la aristocracia parisina (George Sand se referirá irónicamente a las “magníficas condesas”, las “deliciosas marquesas”, las “alumnas idólatras”); también tendrá una quincena de alumnos de valía que no pertenecen a la aristocracia.

Los Estudios son pequeñas obras creadas primordialmente destinadas a desarrollar las capacidades técnicas, destrezas y expresivas del instrumento para sus alumnos. Por consiguiente, cada estudio está consagrado a dominar una destreza técnica específica y se basa en un solo motivo musical. Pero los Estudios de Chopin trascendieron este estadio para convertirse en piezas claves del repertorio para piano, hasta inclusive muchos de ellos tienen su título propio como Estudio "Tristeza" o el archifamoso "Revolucionario".


¿Seguimos? Chopin da mucho de sí… No podía hablaros del compositor polaco y soslayar sus polonesas.  No obstante tratarse de una danza popular polaca, Fréderic Chopin no fue el primero en escribir "polonesas". Antes de él, escribieron piezas "en ritmo de polonesa", Bach, Telemann, Mozart y Schubert. Y después de él, Musorgski y Tchaikovsky. En simultaneidad con Chopin, también escribieron polonesas Liszt y Schumann. Pero de todas las "polonesas clásicas", las de Chopin son las más célebres, tal vez porque Frédéric, además de ser polaco, adquirió a lo largo de su vida gran destreza en su composición, habida cuenta de que su primera obra, escrita cuando tenía siete años, fue precisamente una polonesa.

La polonesa en La bemol mayor opus 53, denominada "Heroica" por alguno de sus editores fue escrita en 1836 y publicada en 1843. La fecha de su composición puede darse por segura puesto que se conserva una copia autógrafa del 12 de septiembre de 1836, copia que Frédéric ofrendó a una joven Clara Wieck, de diecisiete años, a su paso por Leipzig, y sobre la que estampó de su puño y letra, las palabras: "de su admirador".
Los compases iniciales de esta polonesa fueron ejecutados en muchas ocasiones por Radio Varsovia para elevar el espíritu de la nación mientras el ejército de Hitler se aproximaba a la capital. Cuando la emisora de radio fue silenciada, el 1º de septiembre de 1939, el pueblo comprendió que su país nuevamente había caído en la cautividad. A continuación, la Heroica interpretada por una jovencísima Martha Argerich


La Fantasía en fa menor op 49 es una de aquellas "piezas diversas" de Chopin que no encajan en una estructura tradicional consagrada, y entre las que se cuentan, por ejemplo, una barcarola, una canción de cuna y hasta un bolero español. Chopin la llamó "fantasía", título que mejor acomoda a una composición libre, con imprevistos cambios de tonalidad, textura y ritmo, y momentos que parecieran estar destinados a la improvisación. Un primor .
  
        Llegó el final. Como dice un político de cuyo nombre no quiero acordarme, estoy un poquito cansada. Dejo en el tintero, pues, sus “Baladas” y “Preludios”. Quizás otro día. 

        El 30 de octubre de 1849 muere Frédéric Chopin a causa de la tuberculosis. Una enfermedad muy romántica, por cierto, aunque hace años que corren dudas sobre la verdadera causa. El cuerpo del compositor fue depositado en un sencillo panteón (división XI del famosos Cementerio de Père Lachaise de París) y se le esparció un poco de tierra de su país natal, que el compositor siempre había conservado en una urna que le había sido entregada al abandonar Polonia el 2 de noviembre de 1830.
 Poco tiempo después, se lanzó una suscripción presidida por el pintor Eugène Delacroix, con el fin de realizarle un monumento. Entre otros, Pleyel, Franchomme, su buen amigo Thomas Albrecht y el pintor Kwiatkowski contribuyeron con el proyecto, sin olvidar a su última alumna Jane Stirling. El monumento, cuyas esculturas se las debemos a Jean-Baptiste Clésinger, el marido de Solange Sand, hija de George Sand, con la que Chopin siempre había conservado una gran amistad, fue inaugurado finalmente el 17 de octubre de 1850, en una conmovedora ceremonia. En la cumbre de la tumba está colocada Euterpe, musa de la música, que, desconsolada y con las cuerdas rotas de su lira, sumerge su mirada en el retrato de perfil de Chopin.

            Posiblemente el mejor acompañamiento tras relatar el final de su vida es su Marcha fúnebre. La Marcha fúnebre que escucharemos (compuso dos) es la que pertenece a la Sonata para piano nº2, que previamente no formaba parte de la misma. Es la más famosa marcha lúgubre, emocionante y solemne, aunque la sección central supone un contraste de consolación con su bella melodía, recuerdo sublimado de la persona desaparecida. 


          Espero que Chopin os lleve amoroso a los brazos de Morfeo. Buenas noches. Bona nit. Καληνύχτα. مَساءُ الخَير . Gabon. Boas noites. Bonne nuit.

Fuentes: Wikipedia, La belleza de escuchar, Akifrases,... y mi abuela, cómo no.

domingo, 5 de octubre de 2014

Brahms-Schumann: Dos Quintetos con piano

Veo cual es el camino que quiere seguir y puedo asegurarle que es también el mío,  la única posibilidad de salvación: la belleza”   Carta de Richard Wagner a Robert Schumann el 25 de febrero de 1843, a propósito del Quinteto, Op. 44.

Un cuarteto de cámara es como una botella de buen vino: el primer violín es la etiqueta, lo que define el vino. El chelo es la botella, el contenedor que todo lo recoge, todo lo sostiene. La viola y el segundo violín son el vino en sí.

En un cuarteto, el primer violín es el protagonista, el instrumento que suele tener la melodía; es el más agudo y el más reconocible por el público. Si no tuviera el apoyo del bajo que es como los cimientos, la base, la estructura musical se caería. La función del chelo es acompañar, llevar la música desde abajo hacia donde tiene que ir. La viola y el segundo violín son como los mediocampistas que van repartiendo juego, las voces interiores que dan sentido al cuarteto. Con ellos se interpreta la música de cámara, ese mal llamado género pequeño pero en el que  se encuentran los mayores tesoros escritos por compositores como Beethoven, Brahms, Schubert, Schumann o Shostakovich. Si esta estructura instrumental la convertimos en un quinteto añadiéndole un piano con toda su riqueza sonora podremos gozar de unas de las piezas más maravillosas de la música clásica.

Una noche del mes de mayo escuché en la radio que la música de cámara es el género más “democrático” porque  no apabulla haciéndote sentir pequeño, como las grandes orquestas, no hay batalla de egos entre directores e instrumentistas y es una armónica manera de “debate y discusión” entre músicos al mismo nivel. Quizás por ello me sumergí en ella la noche post electoral, a la espera de los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo, después de haberme sumido en la depresión ante la abstención comprobada. Pero no quise que la depresión tiñera la belleza y las emociones que los compositores que esta noche me acompañan nos querían transmitir. Así que esperé a que se diera el momento adecuado.


La caída de la tarde me ha llevado de cabeza a ella. El otoño es estación húmeda y aún cálida. El ambiente ideal para el arrastre por el vapor; para suscitar emociones que resucitan hojas caídas, hojas muertas de nuestro pasado, vivencias no del todo olvidadas, aunque conscientemente llevadas hasta la noche fría del olvido.
Unir en un mismo post los nombres y las músicas de Robert Schumann y Johannes  Brahms no necesita especial justificación ya que pocas veces en la historia de la música un joven compositor ha sido saludado tan efusivamente como Brahms por Schumann. La amplia amistad que el joven de Hamburgo mantuvo a lo largo de toda su vida con Clara Wieck (esposa de Robert muy pronto su viuda) y la fidelidad y defensa de la vida y la obra de su amado maestro son hechos que resaltan la compenetración de músicas tan íntimamente unidas y, sin embargo, tan diferentes. Ambos son Amor y Arte pues la cuna del romanticismo es germánica por muchas razones, pero la principal es el giro que la música dio en aquella cultura a comienzos del siglo XIX. Ningún arte podía expresar sentimientos, movimientos del espíritu, como la música.


Quinteto en Mi bemol mayor para piano y cuarteto de cuerdas, Op. 44, de Schumann

1842 fue el año de la "música de cámara" de Schumann, después de un estudio intensivo de obras clásicas compuso tres cuartetos de cuerda, un cuarteto para piano y piezas para trío de piano. Además, Schumann compuso con la mayor riqueza y libertad de que era capaz, el Quinteto en Mi bemol mayor para piano y cuarteto de cuerdas.  Era la primera vez en la historia que alguien utilizaba esta composición instrumental desde Brahms y Dvorak, hasta César Franck, Fauré, Granados o Shostakovich.  Schumann lo dedica a Clara, excelente pianista y compositora, su amada sobre todas las cosas desde aquel día del año 1835 en que la oyó decir cosas sensatas y vio brillar en sus ojos "un secreto y profundo rayo de amor". Creo que gracias a ese amor, nunca escribió nada mejor que su Quinteto para piano, una de las creaciones más perfectas de la música occidental.


El Quinteto fue acabado en octubre de ese año. Cuando se hizo su estreno en privado, el 6 de diciembre de 1842, Clara no se encontraba bien de salud y fue Félix Mendelssohn quien leyó a primera vista la parte del piano (está de más decir que era un pianista prodigioso) quedando admirado por la obra. Un mes después, el 8 de enero de 1843, se hizo la presentación en público esta vez sí ejecutado por Clara. La obra fue publicada en septiembre de 1843. 

Esta obra tiene mucha significancia para ellos pues dentro del trío del Scherzo, Robert incluye parte de un Romance que Clara había compuesto y que le había dedicado. Sin duda el Quinteto en Mi bemol mayor supone uno de los momentos más altos de aquella inmortal historia de amor, al principio contrariado por la oposición del padre de la novia. Pero hasta fue útil para forzar una reconciliación entre suegro y yerno. El viejo profesor Wieck, desde su soledad en Dresde, invitó a Clara a comienzos de 1853, pidiéndole que le llevase la partitura del Quinteto. Cuando la leyó envió a Schumann una carta encabezada por la frase latina "Tempora mutantur et nos mutamus in eis" (Los tiempos cambian y nosotros cambiamos con ellos) y donde, por vez primera firmaba "tu padre". No es vano decir que el Quinteto conmemora los dolorosos cuatro años y medio en los que el padre de Clara prohibió a los dos casarse.

Os invito, pues, a que os suméis a la ceremonia que se estaba celebrando, interpretada por Martha Argerich; a que sintáis cómo de la lentitud deliberada se pasa a la viva emoción de la música, una emoción que se traspasa a quién la escucha.  Y, desatados, llegaréis al allegro final que hace rogar que aquello no se acabe, como sucede cuando sentimos vivamente una emoción auténtica. Gozad de este maravilloso momento porque la emoción del arte como cualquier emoción es frágil y poco duradera. No podemás más que conformarnos, porque en ello estriba su esencia.


Quinteto en Fa menor Op. 34 de Brahms


El siguiente quinteto de esta noche es uno de los monumentos camerísticos de todos los tiempos, el Quinteto en Fa menor Op. 34 de Brahms en el que el compositor se alza impetuoso, desigual, sinfónico, robusto, majestuoso, implorante... y por esas fortificaciones sonoras caminan personajes cambiantes.

Brahms cultivó la música de cámara, con piano y sin piano, durante toda su vida llevando a cabo una incansable actividad camerística, sobre todo si tenemos en cuenta la tremenda criba a la cual sometía este tipo de composiciones. 

Se sabe que destruyó muchas partituras de cámara y en el origen mismo del Quinteto en Fa menor, Op. 34 encontramos una de ellas. En efecto, el Quinteto Op. 34 pasó por diversas vicisitudes antes de llegar a ser lo que es. La versión original comenzó en la primavera de 1862. La forma definitiva quedó coronada en 1864, y en 1865 se estrenó luego de una turbulenta sesión en la que Brahms en persona, el director Hermann Levi y el violinista Ferdinand David copiaron las partes para cuerdas, mientras el compositor utilizó un boceto a lápiz para la parte de piano. Entre las dos versiones existe una tercera, para dos pianos, que Brahms conservó y continuó gustando como realización alternativa de sus ideas musicales.

El caso es que Clara Schumann criticó la "monotonía" de esa versión intermedia, y esto pudiera haber decidido al autor a recrear la obra como Quinteto con piano. Por otra parte, cabe también la hipótesis de que Brahms hubiera comenzado ya la versión para cuerdas y piano al mismo tiempo que escribía aquella concebida como sonata a dos pianos.

Dejaos llevar por el motivo del semitono y su imperio secreto; por el tema serpenteante/ondulante, los imponentes acordes del scherzo, por el desequilibrado Finale, con su Introducción wagneriana.





lunes, 26 de mayo de 2014

Schumann y Martha Argerich

Música para escuchar de noche cuando las palabras no alcanzan

Escuchar a Schumann es evocar una vida fracturada. Esta noche me he dejado llevar por este brillante músico y crítico musical que tanto aportó al romanticismo, el período histórico-artístico en el que el arte de los sonidos alcanzó la máxima consideración. Escuchar a Schumann es constatar asimismo que la enfermedad mental es un desafío a la medida humana y, a su vez, de todas las potencialidades personales. Quizás por ello me he sumergido en ella esta noche post electoral, sin haber digerido los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo, después de haberme sumido en la depresión ante una abstención que no es indiferencia sino un gran error. 

Robert Schumann fue el príncipe de los compositores alemanes románticos. Su vida breve se inició en la búsqueda de la maestría como ejecutante del piano hasta que una distonía del dedo medio de la mano derecha  coartó su perspectiva vocacional. Sin arredrarse ante ello, Schumann abordó una provechosa carrera de compositor musical y una de sus primeras obras fue precisamente una tocata (Opus No. 7) donde no era menester el uso de tal dedo para ejecutarla.  En cierta ocasión manifestó que había aprendido más música leyendo a su poeta preferido que asistiendo a las clases de su profesor de música. De esta manera describía con mucho sentido la tendencia, típica entre los primeros compositores románticos, de poetizar la música y servirse de ella como mero espejo autobiográfico, postura que habría de provocar la evolución de las grandes formas beethovenianas a formas más sencillas e íntimas.

El músico alemán fue un maníaco depresivo que alternaba períodos de extrema productividad con épocas en que quedaba sumido en la más profunda tristeza. Su obra está marcada por esos estados de ánimo.Tradicionalmente se ha adjudicado la capacidad de desmesura creativa de muchos intelectuales y artistas con supuesto diagnóstico de trastorno bipolar (antes llamado psicosis maniaco-depresiva) a sus episodios patológicos de elevación del estado de ánimo, pero esa tentación de aureolar de romanticismo tales episodios resulta devaluadora e injusta para el creador puesto que soslaya la capacidad de afronte y ajuste del mismo caudal de talento humano. Sería más ponderado valorar este proceso en su dimensión positiva de resiliencia y de adaptación. Esto es, no creadores tanto por la enfermedad sino pese a ella y a partir de ella.

Para que las obras de un compositor consigan transmitir la cálida intensidad con la que fueron compuestas se necesitan grandes intérpretes como la pianista argentina Martha Argerich.

Martha nació en Buenos Aires el 5 de junio de 1941 y está considerada una de las mayores exponentes de la música clásica, de su generación y la posguerra. Esta magnífica pianista ha sabido conservar las cualidades de la niñez, eso que todos buscamos preservar pero que no llegamos a conseguirlo. La vida es muy difícil en muchos aspectos y acabamos comportándonos sin remedio como adultos.

Pero Martha Argerich preserva en sus ejecuciones la frescura de la infancia, algo  indispensable para su arte. Desde edad muy temprana tuvo una conciencia de adulto. En cuanto empezó a aprender el piano a la edad de tres años, ya tenía una exigencia interior muy, muy grande. Esa es la paradoja fundamental de su personalidad. Argerich es una mujer profunda, inteligente, pero no es… razonable. Huye de la realidad. Y ella es consciente de eso. Argerich vive de noche, trabaja de noche, se escapa del día porque el día es el momento donde todo el mundo trabaja, donde hay que ser “eficaz”. Todas esas cosas le son ajenas. En cambio, de noche se encuentra en su centro íntimo. No hay más que oírla. La comprendo, perfectamente.

Podemos empezar a deleitarnos con la fusión de la pianista y el compositor en su Concierto para piano en La menor. La vocación de Robert Schumann por el piano le movió pronto a componer un concierto para este instrumento, pero según algunos de sus escritos, no se sentía satisfecho con las formas tradicionales de la época. A los dieciocho años comenzó a componer uno y poco después otro, sin acabarlos. En 1839 nuevamente hizo algunos bosquejos y finalmente en 1841 dio por terminada una obra de un sólo movimiento a la cual puso el título de Fantasía para piano y orquesta, en La menor.

Su esposa  Clara Wieck interpretó la pieza el 13 de enero de 1841 en la sala Gewandhaus de Leipzig, pero al parecer nadie se interesó en la obra y Schumann puso esta nota en la partitura: "Vender a cualquier editor". Así estuvo olvidada algún tiempo, hasta que Clara hizo algunas sugerencias a su esposo y éste compuso el Intermezzo y el Rondó final para completar la Fantasía. El estreno del Concierto en La menor, tuvo efecto el 4 de diciembre de 1845 en Dresden, con Clara como solista y la dirección de Ferdinad Hiller. La obra fue acogida favorablemente, recibiendo buenas críticas de los periódicos Leipziger Allgemeine Musikzeitung y del Dresdner Abendzeitung.

Clara Schumann escribió poco después respecto a la obra: "Tan rico en invención, interesante de principio a fin, lleno de frescura y bellamente cohesionado como un todo ... El piano no es sólo un solista sino un instrumento más tejiendo la música con la orquesta... no se puede pensar en uno sin el otro".

Durante toda su carrera como pianista, Clara tocó el Concierto en La menor con el deseo de que fuera conocido ampliamente y aceptado por el público, siempre reticente a la música de Schumann. En 1859, un estudiante del Conservatorio de Leipzig llamado Edvard Grieg escuchó a Clara interpretarlo y más adelante se inspiró en él para componer su propio y también muy bello y conocido concierto. Por diversas razones, el Concierto para Piano de Schumann constituye posiblemente la obra cumbre de su producción. El tema básico de su desarrollo es el sentimiento de dos personas enamoradas, su anhelo de felicidad y dicha, la pasión que lo inspira. He aquí el primer movimiento. Acompaña a la pianista la Orquesta Gewandhaus de Leipzig bajo la batuta de Riccardo Chailly


A pesar de que el sueño empieza a vencerme quiero ofreceros otra joya más: el Quinteto en Mi bemol Mayor, para piano y cuarteto de cuerdas op 44. Schumann compuso esta obra con la mayor riqueza y libertad de que era capaz, . Era la primera vez en la historia que alguien utilizaba esta composición instrumental de tan brillantes consecuencias, desde Brahms y Dvorak, hasta Cesar Franck, Fauré, Elgar, Bretón, Granados o Shostakovich. Schumann lo dedica a Clara, su amada sobre todas las cosas desde aquel día del año 1835 en que la oyó decir cosas sensatas y vio brillar en sus ojos "un secreto y profundo rayo de amor".


Sin duda el Quinteto en Mi bemol mayor supone uno de los momentos más altos de aquella inmortal historia de amor, al principio contrariado por la oposición del padre de la novia. Pero hasta fue útil para forzar una reconciliación entre suegro y yerno. El viejo profesor Wieck, desde su soledad en Dresde, invitó a Clara a comienzos de 1853, pidiéndole que le llevase la partitura del Quinteto. Cuando lo leyó envió a Schumann una carta encabezada por la frase latina "Tempora mutantur et nos mutamus in eis" (Los tiempos cambian y nosotros cambiamos con ellos) y donde, por vez primera firmaba "tu padre".

La emoción me pide que esto no se acabe, como sucede cuando sentimos vivamente una emoción auténtica. Pero es muy tarde ya. Espero que lo hayáis saboreado. Porque la emoción del arte como cualquier emoción es frágil y poco duradera y hay que conformarse, porque en ello estriba su esencia.