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lunes, 12 de febrero de 2018

Born to be blue

De cuando Chet Baker aprendió a llorar de verdad

Grandes músicos han visto truncada su carrera debido al consumo de heroína. Janis Joplin, Jim Morrison o Jimmi Hendrix son algunos ejemplos de artistas que murieron demasiado jóvenes por culpa de una adicción fatal que ha estado unida irremediablemente al mundo del espectáculo. Chet Baker no fue diferente.



En la década de 1950, Chet Baker fue uno de los trompetistas más famosos del mundo, reconocido como pionero de la escena de jazz de la costa oeste y un ícono de la melancolía. Pero en la década de 1960, su carrera y su vida personal estaban en ruinas tras años de profunda adicción a la heroína, mientras paseaba su creatividad en garitos de poca monta, intentando rescatar los aplausos que un día le dedicaron sus enfervorecidas fans. Como Charlie Parker, Billie Holliday, Bill Evans o Miles Davis, Baker se destrozó con las drogas hasta caer en lo más profundo de un pozo sin fondo. Decía que le ayudaban a tocar mejor. Colocarse le hacía feliz y aseguraba que no era culpa de nadie. Él asumía de esta manera sus propias consecuencias.

El viernes pasado Jesús y yo vimos “Born to be blue”. Para quienes penséis que las películas biográficas musicales están obsoletas, os sugiero que le echéis un vistazo. Es una película desafiante y nada tradicional que ofrece una mirada impresionista de la problemática vida de Chet Baker, interpretado por Ethan Hawke en otra excelente actuación como solista. El director Robert Budreau quiso rendir homenaje en “Born to be blue” a la figura de este músico cuyo atractivo le valió el apodo de “James Dean del jazz”. La sensualidad con la que tocaba la trompeta, su mirada inquieta y su forma seductora de cantar, saboreando cada palabra como si quisiera atraparla en el tiempo, están presentes a través de la extraordinaria actuación de Hawke, que compone un personaje vulnerable de mirada melancólica y asume un rol que le lleva a adentrase en el mundo de autodestrucción personal por el que deambuló Baker y que contrasta con la belleza de su música. Siempre sincera, siempre eterna.
Co-protagonizada por la absolutamente hermosa Carmen Ejogo como un compuesto de varias mujeres con las que Baker se cruzó, la película es realmente y verdaderamente el espectáculo del actor, que nos muestra un trágico retrato de un hombre incapaz de controlar sus demonios internos.

En 1966, Baker fue contratado para interpretarse a sí mismo en una producción de Hollywood que habría detallado sus primeros años y los comienzos de su adicción a la heroína, por lo que Budreau hábilmente utiliza este evento como una forma de presentar su película, rebotando en el tiempo, y mostrando a Baker en varios estados de armonía mental y física y de  desesperación. Lo más inquietante es que “Born to Be Blue” resalta el período extremadamente difícil en la vida de Baker cuando a causa de una deuda por drogas, unos matones de San Francisco le parten la mandíbula y los dientes delanteros. Esto, para un trompetista, significa perder la capacidad para soplar.
Con prótesis o sin ellas, todos sus años de aprendizaje se perdieron con aquella brutal paliza. Esta película habla de autodestrucción y de sordidez, pero también de volver a empezar.
Su intensa rivalidad con Miles Davis también nos ofrece en algunas escenas jugosas; este era un mundo de vanguardia y extremadamente competitivo en el que se encontraban estos músicos, y cada artista buscaba su lugar y su papel en la historia. Toda la película casi lleva el tufillo de un sueño, una especie de remembranza de drogas que se mueve de maneras extrañas.

En lugar de optar por un enunciado narrativo único el director opta por una construcción compleja para mostrar a un hombre y su vida turbulenta pero increíblemente exitosa e influyente. Pocas mitologías tan enfermas de sí misma, tan autodestructivas y amenazantes como la del músico de Oklahoma. Pocas mitologías, en definitiva, tan absurdas, tan vacías, tan extrañas. Una mitología sin mitos. Puro vértigo. "Decidí hacer esta película, -razona Hawke- porque de alguna manera en Baker la leyenda y la música son lo mismo. Acercarse a su vida o a lo que sabemos de ella es una manera de tocar su música". La declaración, a su manera, ofrece la clave tanto de la propia cinta como de la manera correcta de leer la existencia torturada del hombre que mejor cantó My funny Valentine. Y ahí el acierto de una producción que huye del rigor del drama biográfico como de la peste. No se trata de recorrer las simas de un hombre enganchado al fantasma de su autodestrucción, sino de acariciar, aunque sea un instante, el sentido mismo del caos. Suena poético y, en realidad, duele más.


La partitura de jazz de la película fue compuesta por el pianista David Braid, mientras que el audio de las distintas actuaciones de trompeta fue realizado por Kevin Turcotte. Hawke había tomado lecciones de trompeta de Ben Promane, y solicitó un video de la grabación de Turcotte, para imitar el disfrute durante el rodaje. El filme fue muy aplaudido tras su paso por el festival de Toronto en 2015, pero en España no llegó a estrenarse en el cine.

Chet hizo del canto lacónico de su trompeta y de su voz un himno. Supo utilizar sus limitaciones técnicas en beneficio propio. Esto le obligaba a jugar con el tempo lento, con notas largas y dispersas, a cantar canciones bellas y lastimeras, elementos que lo convirtieron en baluarte del West Coast, al tiempo que le proporcionaron un aura de misticismo. Esto, unido a su look juvenil le otorgó una imagen de romántico perdedor que lo aupó a la fama, incluso entre aquellos (especialmente mujeres) a quienes no interesaba el jazz. Tuvo que esforzarse poco (técnica y personalmente) para alcanzar esta fama y sólo cuando las cosas se le torcieron tuvo que darlo todo, esfuerzo y sufrimiento, para volver.



Todo se le dio muy fácil en la música. Creo que ese fue uno de los problemas” (Dick Bock, fundador de Pacific Jazz Records, interpretado en la película por Callum Rennie)


Buenas noches. Bona nit. Καληνύχτα. مَساءُ الخَير . Gabon. 굿나잇. Boas noites. 晚安 グッドナイト    Buonanotte. לילה טוב.  Oíche mhaith. Wengi alus.

domingo, 22 de marzo de 2015

Kenny Wheeler

Entre la melancolía y el caos

La trompeta es todo dolor, leí un día, más aún si mezclas trompeta y jazz. Con el jazz el músico está improvisando, está creando de manera simultánea y está creando con toda la espontaneidad, con toda la libertad que la imaginación te puede ofrecer. 

Nada te frena, nada te inhibe de expresar tus sentimientos de manera completamente sincera y libre. Dizzy Gillespie reconocía que “algunos días te levantas, pones la trompeta en tus labios y suena bastante bien, y entonces es un triunfo, otros lo intentas y lo intentas y nada funciona, y entonces es la trompeta la que gana. Esto sigue así hasta que te mueres, y entonces es la trompeta la que vence”. La trompeta te vence, te arrastra, te cambia por dentro opina el trompetista cubano Arturo Sandoval , quizás como en este corto.


Esta noche quiero hablaros de Kenny Wheeler, una figura importante en el jazz moderno y la improvisación contemporánea desaparecido hace medio año. Un trompetista virtuoso de rara distinción, que disfrutó de una larga y exitosa carrera construyendo una reputación internacional. Además de trompetista, fue fliscornista, compositor y arreglista, una de las voces más personales e idiosincrásicas que ha dado el jazz en su historia. Logró todo esto sin dejar de ser casi dolorosamente modesto y retraído. 

Porque Kenny era uno de esos genios discretos, humildes, hasta demasiado, mientras otros músicos con muchos menos méritos generan un ruido mediático mucho menos merecido. Como el crítico Richard Williams comentó recientemente: "Pocos músicos importantes han hecho más ruido con menos alboroto". Un modesto gigante, un osado improvisador y el creador de hermosas piezas alejadas del camino tradicional.


El estilo maduro de Wheeler se caracteriza por dos rasgos contrastantes: por un lado, un lirismo suave y bastante tentador y por el otro el impulso de perturbar el ambiente tranquilo que él ha creado, un sonido al servicio de unos temas inolvidables con un poso de belleza triste, de melancolía como escribía antes, de un caos controlado que lo que consigue es remarcar la parte sentimental de los temas.

"Todo lo que hago tiene un toque de melancolía y un toque de caos", dijo en una entrevista con la BBC. “Lo que sé hacer mejor es escribir canciones tristes y, a continuación, dejar que músicos maravillosos las destruyan. No quiero que quienes las tocan traten de interpretar lo que ellos piensan que yo estoy sintiendo” Su paleta armónica y su sonido singularmente reconocible vivirán en la memoria de todos los que le escuchamos y en el extraordinario legado de grabaciones y composiciones. 

Wheeler tuvo una mezcla de ideas visionarias y esfuerzos tambaleantes para negociar los márgenes artísticos y económicos característicos del mundo del jazz. Quizás no fue una coincidencia que su primera aventura de componer con grandes nombres fuera el álbum “Windmill Tilter” de 1968, con un Don Quijote, el legendario perdedor. Al final de su vida, su delicada situación personal y financiera había movilizado la solidaridad del mundo del jazz, que entre otras cosas organizó diversos conciertos benéficos en su Canadá natal.

Wheeler llegó a Londres desde Toronto en 1952, estudió con Richard Rodney Bennett, quedó fascinado con las armonías del compositor clásico Paul Hindemith, y empezó a tocar la trompeta al estilo bebop en la década de 1960 con estrellas del jazz incluyendo al fallecido Joe Harriott y Tubby Hayes, y de libre improvisación con el pionero Spontaneous Music Ensemble. En 1968, John Dankworth  invitó Wheeler a componer una suite para su orquesta de las estrellas, en ese momento, incluyendo tales como el guitarrista John McLaughlin y el bajista Dave Holland. Es una pieza típica de principios del Wheeler llena de melancolía: Sweet Dulcinea blue.


Tremendo autocrítico, Wheeler odiaba la escucha de su propio trabajo, dudaba siempre de su talento y la fama que “Windmill Tilter” le había ofrecido. Siete años tuvieron que pasar antes de aceptar otro reto. Fue cuando la fe de ECM Records y su jefe Manfred Eicher tuvieron en él que abrió la siguiente puerta, con “Gnu” poniéndose al frente de un maravilloso trío estadounidense Keith Jarrett (piano), Dave Holland (contrabajo) y Jack DeJohnette (batería).


Wheeler hizo una serie de álbumes excelentes para ECM en los años 1970 y 80, incluyendo “Deer Wan” (con Jan Garbarek) y “Double, Double You” (con Michael Brecker), pero “Music for Large and Small Ensembles”, en 1990, fue su mayor triunfo, una fusión de la música norteamericana folk, jazz abstracto, y la expansión imaginativa de los recursos armónicos de una formación de jazz. Como iba a hacer a través de gran parte de su carrera, Wheeler utilizó la voz de su amiga y alter-ego Norma Winstone como instrumento adicional que ilumina. Aquí está la Apertura de “Sweet Time Suite” .
    

Su talento sobre todo para componer "canciones bonitas" y el reconocimiento de su oído melódico único, llevó a músicos de todas las tendencias y las edades en todo el planeta a querer interpretar su música. A continuación un muy famoso Kind Folk, del LP “Angel Song” de 1995 en una versión con el pianista Brian Dickinson.


Pero de todas las composiciones de Kenny Wheeler la más conocida es Everybody's Song But My Own el clásico que a sus acompañantes les gusta introducir como el "golpe de Kenny",  la canción que más se toca. Una típica melodía de Wheeler uniendo la alegría y la resignación flemática sin dejar de estar abierta a improvisaciones.


En diciembre del 2013 grabó, sin saber, lo que sería su último disco. En su obra póstuma, Wheeler incluye composiciones relativamente recientes, así como una versión renovada de “Old Time” (obra frecuente del repertorio del trío Azimuth) y “Nonetheless”, un tema presentado en el disco Angel Song. Songs for Quintet fue grabado en los estudios Abbey Road de Londres con cuatro de los músicos favoritos de Wheeler: Stan Sulzmann, John Parricelli, Chris Laurence y Martin France, quienes tocan magníficamente como unidad interactiva, ejecutan destacados solos, y proveen elegante apoyo al lírico fliscornio del líder. La sesión resultó ser la última ocasión en que Kenny tocó con otros músicos. Su salud no le permitió participar en la una gira de homenaje que el quinteto planeaba para poco después de producido el disco.  

Si la edad y la enfermedad quizá atenúan un poco la fuerza de su sonido,  su imaginación melódica y su capacidad de improvisación siguen presentes.

Songs for Quintet se grabó en Londres en diciembre de 2013, con producción de Manfred Eicher y Steve Lake. El álbum se editará el 14 de enero de 2015, coincidiendo con el que habría sido el cumpleaños número 85 de Kenny. Fue estrenado el 14 de enero, en el 85 cumpleaños del músico.

En este enlace podréis escuchar su último testamento musical

Kenny, como ya hemos dicho, siempre fue modesto y humilde respecto sus propios logros musicales, pero la verdad es que era un genio caminando entre nosotros.

Espero que hayáis disfrutado. Bona nit. Buenas noches. Καληνύχτα.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Enrico Rava Quintet

Cuando la melancolía tiene tanta fuerza como la propia existencia.

Hace días que quiero escabullirme. Giro en torno a la nada una y otra vez, intentando escapar. Quisiera tener la mente en blanco, lejos de la ciénaga y las batallas. Quisiera bajar hasta el mar y buscar un poema que perdí. Sé muy bien de qué huyo. Y vosotros también lo sabéis.  



EL MAR
(Pablo Neruda)

NECESITO del mar porque me enseña:
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navíos.
El hecho es que hasta cuando estoy dormido
de algún modo magnético circulo
en la universidad del oleaje.
No son sólo las conchas trituradas
como si algún planeta tembloroso
participara paulatina muerte,
no, del fragmento reconstruyo el día,
de una racha de sal la estalactita
y de una cucharada el dios inmenso.
Lo que antes me enseñó ¡lo guardo! Es aire,
incesante viento, agua y arena.

Pero de repente Jesús me indica y... escucho una trompeta; un quejido de una técnica interpretativa sin igual,  una música llena de matices y sugerencias. Y siento cómo su soplo se instala como un manto, como una fina capa que me recubre.


El tema se llama “Mi retorni in menti” (De vuelta en mi mente) del maravilloso trompetista Enrico Rava que con Gianluca Petrella al trombón, Giovanni Guiudi al piano, Gabriele Evangelista en el bajo y Fabricio Sferra tomando las baquetas ayudan a Enrico en la tarea de poner en pie sus sublimes temas. Me atrapa la transparencia de su sonido, la claridad de su fraseo, y porque es un artesano de lo simple. Cerrad los ojos, dejad la mente en blanco, veréis que su capacidad narrativa es proverbial. Esa trompeta es capaz de evocar los más distintos ambientes, surcar la realidad de las calles o instalarse en algún lugar del sueño. 


Si algo caracteriza a Rava es su sonido: cálido, redondo, flexible.  Parece como si los músicos se hubieran puesto de acuerdo en ofrecernos la dimensión más humana de la música. Este “Ters For Neda” o “Garbage Can Blues”  tienen algo de soliloquio.


Enrico Rava Quintet, con ese sonido cuidadosamente elaborado, puede sonar en una dimensión extática o difuminarse en la luz de un cuadro urbano de George Wesley Bellows, hasta llevarnos a “Certi angoli segreti” (Ciertos rincones secretos)



La fuerza de su música está en la recreación de mundos, relatos cortos por los que deambulan personajes enigmáticos, un tanto cortazianos. Estamos ante un lenguaje que es, sobre todo, pregunta. Como las que muchos nos hacemos constantemente.

9 de diciembre
Xavier Perarnau, un amigo facebookero amante de la filosofía, las letras, las artes y la música nos hace esta propuesta “Las palabras y los días”, nombre pavesiano donde lo haya….  Es maravillosa la sonoridad de la trompeta, su fina emisión, su lento trazo, la austera belleza de un recato sin embargo ardiente, su un tono lujuriosamente. Me encantan las breves y emotivas explosiones del registro agudo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Chet Baker

El perfecto “beautiful looser” del jazz.


La clara muchedumbre de un poniente
ha exaltado la calle,
la calle abierta como un ancho sueño
hacia cualquier azar.
La límpida arboleda
pierde el último pájaro, el oro último.
La mano jironada de un mendigo
agrava la tristeza de la tarde.
(Fragmento de "Atardeceres" de Jorge Luis Borges. Fotografía: Ainhoa Zapatero)

El cielo, testigo de una tregua que se acaba,  tiene la quietud de un cuadro detenido en cualquier tiempo. Resuena una trompeta venerando nostalgia.

Si un común denominador tienen los músicos de jazz es el tormento y sufrimiento de sus vidas. No sé si por el contexto histórico, la noche, la vida loca o una infancia sin juguetes; pero casi todos los grandes talentos del género tuvieron un durísimo enganche a los alcoholes y las drogas más duras. Quiero creer románticamente que era la única forma que encontraban de aguantar la enorme melancolía que les provocaba su arte.

Chet Baker es otro de los muertos que tiene en su haber ese ocaso narcótico de las drogas. Guapo hasta el dolor, hasta los feos le adoraban. Estaba tan loco que los cuerdos lo envidiaban. Era tan mujeriego que las mujeres le odiaban porque les rompía el corazón; tan genial y talentoso que la vida le tenía celos y acabó por asesinarlo. Pero, a pesar de su relación auto-destructiva con las drogas, es indiscutible la magnífica música que componía, suave y melancólica, jazz sensual.

Tocaba por instinto, sin partituras, y también cantaba por instinto, con la voz triste, nostálgica, encadenando frases, con las que construyó un universo personal, capaz de arañar la esencia de la melancolía humana.

Esta noche escucharéis cómo la trompeta de Chet Baker suena amplia, sostenida, como si la cavidad bucal, armada sobre una contundente mandíbula, ejerciera de caja de resonancia. Aun no le faltaban los dientes carcomidos por la droga.  Sentiréis cómo su música nos transporta al mar, al brillo de la luna, sin importar en qué lugar del mundo te encuentres. A ese lugar onírico es a donde me transporta con esta versión de My Funy Valentine
Lo mismo ocurre con su voz, meliflua y aflautada, que se vuelve susurrante e hipnótica cuando canta.  Es gracioso pensar ahora que, en aquellos lejanos 50, algunos puristas del jazz no aceptaron la faceta vocal de Chet Baker. Simplemente no entendían por qué diablos se empeñaba en cantar, en lugar de limitarse a tocar la trompeta. Pero lo cierto es que todo lo que grabó Chet en esa época es absolutamente mágico y nos acompañará siempre
Los que me conocen bien saben que cada noche cierro los ojos buscando un silencio que no existe. Pero nunca pierdo la esperanza de que una música nocturna me lleve lo más cerca de él. Hoy ha sido Chek Baker. La encantadora melodía primero y el clima que crea el sonido de su voz se apoderan de mí como un bálsamo que ralentiza los tiempos innecesarios y el fuego del corazón para que empiece a latir lentamente.  Y todo se vuelve como un sueño, dulce y embriagador... Almost Blue... O casi…
En 1988 vio la luz el filme biográfico “Let's get lost”. Bruce Weber, su director, muestra su gran fascinación por el genio en cada una de las escenas de la película y, aunque su idea inicial se centraba únicamente en realizar un book fotográfico al músico, finalmente la estrecha relación entre ambos acabó derivando en la puesta en marcha de un largometraje de 120 minutos.

Aquí os dejo el documental al completo. Ojalá podáis conseguir el tiempo para verlo. Realmente, merece la pena.
Por último y para quienes queráis viajar por el espacio, huyendo del tiempo, en este enlace tenéis 100 videos de Chet Baker, música desgarradora que parece resbalarse desde el bronce pulido como una lágrima para llegar a los oídos trepanados por la pena; notas que son la perfecta voz que necesita el alma para expresar sus devaneos, gotas que se bifurcan por las constelaciones internas como un veneno ancestral teñido de gritos…


Felices sueños.

domingo, 5 de junio de 2011

El silencio

Es preciso perderse para empezar a escuchar.
Es preciso hacer el silencio en la escucha y en la mirada para descubrir las formas del silencio.

Adoro el silencio. Lo sabe cualquiera que me conozca bien. Vivo entre griterío vital de los niños de mi Escuela, entre el sonido de la ciudad que no para nunca o las voces de las movilizaciones indignadas por el tiempo que nos está tocando vivir.  No digo “ruido” porque todo ello es “vida”, pero necesito momentos de ausencia de sonido.

del blog guillermiadas
El silencio se escribe, se ofrece a la escucha. En la escritura musical el silencio es figura y cada nota figurada posee su recíproca figura silenciosa, la figura de pausa. Una figura que mide el silencio.

El silencio es muy importante en la música. De la misma manera que un pintor utiliza la paleta de colores para pintar un lienzo en blanco, los músicos combinan los sonidos y los silencios para crear sus obras. El silencio entre dos notas es como la noche entre dos días, permite un descanso del oyente que le prepara para la siguiente secuencia de sonidos. Son como el sueño y la vigilia, lo real y lo material, el ideal y su plasmación en el mundo. En este caso, un silencio tendrá significados distintos: dar expresividad a la obra o un respiro a los instrumentistas. Aprender a escuchar, aprender a escuchar el silencio.

El no muy conocido músico contemporáneo György  Ligeti hizo un experimento con público al respecto del silencio.  Un día anunció que iba a dar a conocer una nueva composición suya. Llegó ante el auditorio, se sentó delante de ellos y se mantuvo en silencio durante todo el tiempo; no dijo una sola palabra, no toco ni una sola nota, pero, para él, sí hubo concierto: Los ruidos que emitía el público enfadado (lógicamente).  Ésa fue la nueva “creación sonora” de este autor.

Pero nos podríamos preguntar ¿existe el silencio? El compositor estadounidense John Cage nos enseñó de modo magistral a escuchar las formas del silencio, unas formas que requieren destruir la grafía del lenguaje, de la memoria, para mostrar que silencio y sonido siempre están en continuidad.

imagen de pinterest
Cage nos cuenta en un libro que en cierta ocasión entró en una cámara anecoica, una sala especialmente diseñada para absorber el sonido que incide sobre las paredes, el suelo y el techo de la misma cámara, anulando los efectos de eco y reverberación del sonido. Si uno habla en el interior, la sensación es la de que las palabras tienen peso y caen desplomadas al suelo. En ella Cage escuchó con toda atención y llegó a la conclusión de que, a pesar de todo, oía dos sonidos, uno grave y otro agudo. Cuando preguntó a los científicos, estos le informaron de que el sonido grave era su propia sangre circulando y el agudo su sistema nervioso en funcionamiento. El compositor llegó a la conclusión de que "El silencio no existe". Y es verdad, físicamente, sólo existe en el vacío. En 1937, en una charla realizada en Seattle, el músico afirmaba: "Si la palabra "música" se considera sagrada y reservada para los instrumentos de los siglos XVIII y XIX, podemos sustituirla por otro término más significativo: organización de sonido" . Esta definición expresa la voluntad de transformar la composición musical en un lugar de organización donde tuvieran cabida todos los sonidos: los ruidos (notas) y el silencio.

El Silencio, la composición que ilustra el tema de esta noche, compuesto en 1965 por el trompetista turinés Nini Rosso, fue sin ningún asomo de duda su éxito más internacional, si no el único. Los amigos recuerdan que la decisión que Nini tomó en su día de no actuar más en Italia se debió a que no podía soportar que le pidieran una y otra vez, allá donde fuera, que tocara esta pieza.

En el siguiente video se vislumbra el efecto que tiene esta melodía. En lugar de la interpretación del propio Rosso he escogido la de la joven trompetista holandesa Melissa Venema con el violinista y director de orquesta Andre Rieu porque con sólo 13 años logra extraer una melancolía casi fantasmal. Más que tocar, suplica.


En el lenguaje hablado también se escribe el silencio. Así, los puntos suspensivos dejan colgado el discurso, lo suspenden. Pero el valor de estos puntos depende de la palabra que los antecede. Tanto el silencio del lenguaje como el silencio que se introduce en la música suelen ser respiraciones que reclaman la atención. Respirar será crear el hueco en el que la atención puede desplegarse. El silencio es entonces como un suspiro. Y en este suspirar tal vez sea posible modificar la forma en que se escucha, transformar el oído.

Definitivamente, el silencio es la música que sale del fondo del alma. Contiene un sonido preciso, armónico, lleno de sentido. El sonido del silencio es la palabra que brota mansamente, como el limpio cauce del arroyo, con la pequeña, con la humilde belleza de lo cotidiano.

Octavio Paz tiene un bellísimo poema titulado “Silencio”

Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.