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domingo, 4 de octubre de 2015

Nietzsche y la Música

“Sin música, la vida sería un error”

Nietzsche y la Música; sí. Aunque a alguno de vosotros le pueda sorprender, no es posible pensar la Música sin Nietzsche. “Nietzsche fue un músico. Ningún otro arte estuvo tan cerca de su corazón como la música", escribió Thomas Mann.  en su Preludio hablado a un homenaje musical a Nietzsche"Su lenguaje, su lenguaje mismo, es música y manifiesta una finura de oído interior, una maestría del sentido para la cadencia, para el tempo, para el ritmo de la palabra aparentemente suelta, que carecía de ejemplos hasta entonces en la prosa en alemán y, probablemente también, en la europea".


Sin duda es así; el filósofo alemán comienza su vida pública, escribe sus primeras obras, dominado y enfervorizado por la música: ella es el motor deEl Nacimiento de la Tragedia y de sus escritos preparatorios, y termina su vida, también con la música, en el mismo borde de su demencia sin retorno en 1888 con “El Caso Wagner” y “Nietzsche contra Wagner. En todo el tiempo intermedio, nos encontramos con la música como destino en toda su obra, indicándonos cómo Nietzsche, quizás por encima de todo, sea la frustración del músico, del gran compositor que nunca llegó a ser. Este es el tema de esta noche.

Para Friedrich Wilhelm Nietzsche,  la música expresa, más que cualquier otro arte, la realidad de la voluntad de poder. Ella es, aun trágica y melancólica, el estimulante de la vida. El citadísimo pasaje de “El crepúsculo de los ídolos” que inaugura este post encierra, ciertamente, una de las más elocuentes profesiones de fe en el milagro de la música que, desde Orfeo, apacigua a las fieras y no cesa de emocionarnos e interrogarnos.

Como dice sobre el pensador y músico alemán, el filósofo Gustavo Varela: “Y es la música el arte que, como prisma de análisis, permite no sólo apreciar la pobreza del pensamiento moderno, sino también leer la historia de la filosofía como el desenvolvimiento de una palabra que petrifica. Para Nietzsche, la música es lo obstruido por una forma de pensar, es decir, un principio de liberación que queda sepultado por una filosofía del deber, del cálculo y de una espiritualidad programada” (La filosofía y su doble)

Partitura autógrafa
Las huellas que el universo de los sonidos dejó en el pensamiento y en la vida del filósofo alemán, son muchas e intensas, empezando por la relación de amor y odio que mantuvo con Wagner. “La música nos habla a menudo más profundamente que las palabras de la poesía, en cuanto que se aferra a las grietas más recónditas del corazón”, sentenció el filósofo-músico cuando apenas era un adolescente. Las reflexiones e indagaciones en torno a lo musical acompañan toda la obra del autor, desde sus primeras aproximaciones relacionadas con el elogio a Wagner, hasta sus últimos escritos.

La historia de esta relación no deja de ser paradójica, porque, al parecer, en un principio, Nietzsche, como tantos otros en su momento, se había mostrado reticente a la música de Richard Wagner. Pero a raíz de la audición del preludio de “Tristán e Isolda” y la obertura de “Los maestros cantores de Núremberg” queda literalmente deslumbrado y se confiesa wagneriano de tiempo completo: “A su lado se siente uno como cerca de lo divino”, llegó a declarar en los momentos de entusiasmo.

Porque Nietzsche juzga con el estómago: para él, la estética no es más que fisiología aplicada, es decir, la mala música intoxica y la buena música fortalece.


Si el Tristán le había entusiasmado, las óperas siguientes de Wagner determinaron una progresiva inversión de tendencia que se tornó en ruptura, primero, y en odio visceral más tarde. A Wagner achacará finalmente los defectos de lo alemán: pesadez, gesticulación hueca y altisonante y ampulosidad.

Y así se planteó la pregunta: ¿Qué quiere pues, de la música mi cuerpo entero? Pues no es del alma... Creo que su aligeramiento. Como si todas las funciones animales debieran ser aceleradas mediante ritmos ligeros, audaces, turbulentos; como si el bronce y el plomo de la vida debieran olvidar su pesantez gracias al oro, la ternura y la untuosidad de las melodías. Mi melancolía quiere descansar en los escondites y los abismos de la perfección: he aquí por qué necesito de la música¨. (Nietzsche contra Wagner)

Por ello acabó concluyendo que “Wagner es una enfermedad. Contamina todo lo que toca”. Pero había un antídoto y Nietzsche lo encontró en la Carmen de Bizet. La luz del Mediterráneo contra las brumas del Norte, lo corpóreo contra lo razonable. La música de Carmen, sus ritmos, sus melodías, encarnan la ligereza, la sensualidad, la fisicidad, la inmediatez... Con Carmen, Bizet no sólo salva la música, nos salva a todos.


Sin embargo, algo que el mundo de la música parece ignorar es la faceta de compositor del Nietzsche. Sirva como ejemplo “El último oficio de Nietzsche” de Thomas Abraham, donde en el último capítulo que se llama, precisamente, “Músico”, ni siquiera se menciona que haya compuesto nada. Sólo dice que soñaba con ser músico.

Son muchas las contradicciones del Nietzsche compositor, en parte porque la mediocre calidad de sus partituras no admite atenuantes. “Es lo más desagradable y antimusical que he visto en mucho tiempo”, escribe Hans von Bülow a propósito de su Manfred Meditation.


El mismo Nietzsche que predica el desprecio a la música romántica denominándola enervante, blanda y afeminada, practica en sus piezas un estilo de lo más convencional y burgués. El mismo que postula la primacía absoluta del sonido sobre la palabra se dedica fundamentalmente a escribir canciones. Parece ser que su verdadero valor estaba en la improvisación. Dicen algunos testimonios de quienes le rodeaban que cuando improvisaba al piano sus ideas musicales, rozaba la genialidad; pero cuando plasmaba esas ideas y las fijaba en una partitura, realidad intemporal que contiene una forma y un pensamiento que se desarrolla en el tiempo, no superaba la mediocridad.

Para Cristóbal Halffter sin embargo, Nietzsche fue un gran conocedor del arte de la música y al mismo tiempo un músico por vocación y afición: un músico autodidacta pero un músico activo.

Y es que, en su juventud dudó largo tiempo antes de decidir dedicar sus principales esfuerzos a algo que no fuera estrictamente musical. Se sabe por testimonios de sus contemporáneos que se desenvolvía bastante bien en el piano, sin acceder, ni remotamente, a la categoría de virtuoso. Incluso el propio Wagner le dijo en una oportunidad: “Usted toca demasiado bien el piano para ser profesor de filología”

Nietzsche compuso un buen número de obras entre las que me gustaría destacar una extraña obra orquestal escrita en 1864 titulada "Eine Sylvesternacht" y una réplica o continuación de la misma, diez años más tarde que tituló "Nachklang Einer Silvesternacht " ("Una noche de San Silvestre" y "Ecos de una noche de San Silvestre") que demuestran su imaginación y fantasía.


Por otra parte, hay mucha música religiosa. Resulta curioso pensar que el autor de “El Anticristo”, sea la misma persona que compuso el Miserere a cinco voces.


Su última composición, la Oración a la Vida, es fruto de la convivencia durante tres semanas con su alumna Lou Andreas Salomé. El maestro se había enamorado perdidamente de la alumna que le regaló un poema escrito por ella mucho tiempo antes y que él adaptó a otra pieza musical que ya había compuesto: el Himno a la Vida


Las imágenes son tomadas de la película "El día que Nietzsche lloró" de Pinchas Perry.

Los registros discográficos de las composiciones de Nietzsche merecen ser recorridos. Sobre todo las canciones entonadas por el legendario barítono berlinés Dietrich Fischer-Dieskau, experto en el repertorio liederístico.

También se consiguen en el mercado, no sin esfuerzo, dos CD grabados en Canadá que incluyen composiciones para piano, para piano y voz (femenina y masculina), para piano y coro, y para violín y piano. El nivel de estos trabajos es alto y permite disfrutar sin obstáculos de la ternura y juvenil alegría de las piezas nietzscheanas.


En definitiva, su música, delicada y más bien jovial, ceñida al gusto y los patrones armónicos de la época y ajena a cualquier intención de ruptura, no sólo es prewagneriana sino prenietzscheana. Y aunque logra páginas decorosas e incluso sugestivas, ajustadas a su precepto de que “la música debe ser serena y profunda como una tarde de octubre” no permiten presentir al intelectual iconoclasta, al hombre atormentado que escribía con sangre.

Nietzsche y ¿su madre? en 1899, en un hospital psiquiátrico
En la música halló Nietzsche el escenario donde montar el coro, a veces consonante y, otras, disonante, de sus contradicciones: diálogos, guerrillas verbales, silencios. Al final se volvió loco, inmóvil y taciturno. Las palabras lo habían abandonado pero no la música, ni su madre. Sonreía al escucharla y podía aún descifrarla en el piano.

Buenas noches. Bona nit. Καληνύχτα. مَساءُ الخَير . Gabon. Boas noites.

domingo, 27 de febrero de 2011

Wagner – Lohengrin

El post de esta noche es una deuda que tengo con “Unquenoesmigsuec” , mi amigo Martí, un hombre sensible como pocos, que me ha regalado esta mañana este fragmento de la ópera “Tristán e Isolda” del gran Wagner, dirigida en 1951 por  el mismo Toscanini




La composición de Lohengrin, una historia apasionante.

Pero si hay una pieza de Wagner que me transporta y me emociona es la Opertura de Lohengrin, una obra que me parece inmensa. En esta ópera se empezó a perfilar el estilo puramente wagneriano.

Una curiosidad de esta ópera de tres actos compuesta entre 1846 y 1848, es que Wagner compuso primero el tercer acto, luego el segundo y finamente el primero. 
Wagner estaba en París cuando leyó un poema anónimo alemán del siglo XIII, “Lohengrin, el caballero del cisne” un héroe de los mitos europeos medievales que sería absorbido por la leyenda artúrica, como hijo de Parsifal (Perceval), el caballero del Grial.
El propio Wagner reconocería: “allí, de repente, apareció ante mis ojos un Lohengrin completo en cada detalle del contexto dramático; particularmente la saga del cisne, que envuelve rasgos tan significativos del conjunto de mitos que estudié y conozco, y que ha ejercido una enorme fascinación en mi imaginación”.

Pero fue en 1845 cuando Wagner empezó a trabajar en Lohengrin. Aunque el compositor estaba agotado y necesitaba descansar, aunque intentó relajarse, decidido a evitar componer, aunque luchó duramente contra esa fascinación que le llevaba atormentando meses, a pesar de los consejos médicos, acabó dejándose llevar por la pasión hasta acabar el boceto de lo que sería su ópera, la que marcaria su estilo en adelante: “un mundo nuevo se abrió delante de mí, y creí que en aquel instante no podría encontrar la forma de concebir a este Lohengrin, mas su imagen persistió inextinguible dentro de mí hasta conseguirlo”.




Lohengrin tiene un argumento espiritual. En ella Wagner comienza a utilizar los argumentos dramáticos y musicales que conformarían la gran obra wagneriana. Y es que Wagner estaba obsesionado con un número de ideas básicas que desarrolló, adaptó y combinó a lo largo de su carrera. Ideas musicales, filosóficas, místicas y mitológicas formaban una compleja red de conceptos relacionados en su imaginación. A menudo, el compositor cambiaba de opinión sobre el significado de una imagen o historia favorita a medida que sus conceptos filosóficos y políticos evolucionaban. Pero el tema de la pureza y la raza iban a más.

La ópera se estrenó dirigida por Franz Liszt el 28 de agosto de 1850 en Weimar. Fue un éxito inmediato. Wagner escribió a Liszt sobre la puesta en escena de Lohengrin, insistiendo en que se respetaran sus indicaciones escénicas, y que en caso de no poder cumplirlas, mejor que se retirara la obra. No se andaba con chiquitas nuestro gran compositor.

Es bien cierto que Wagner fue usado por los nazis como un profeta. Y que una bestia como Hitler se emocionaba bañado en lágrimas con Lohengrin. Pero, como dijo el polémico director de cine Werner Herzog, hace años en el diario El País: "Wagner no es el responsable de Hitler"
Sin embargo hay gente que dice que le odia por ello sin haber oído una nota de él.

Espero que no sea vuestro caso.