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viernes, 3 de octubre de 2025

“Kind of Blue”, la melancolía de Miles Davis

 “Lleva mucho tiempo sonar como uno mismo”

Desde que me aficioné hace ya dieciséis años a acabar mis largos días compartiendo mi pequeño universo musical (germen de lo que dos años después supuso la creación de este blog) he hecho más de un quiebro para no tropezarme con él. Todo lo que pueda yo decir de Miles Davis, ya está dicho. Eso sí. No dejo de preguntarme qué hubiera sido del jazz moderno sin él.

Si lo pensáis, Miles Davis es, tal vez, el único músico de jazz que nunca tuvo un apodo. Él es Miles, punto. Y “Kind of Blue”, uno de los 20 discos más importantes de la historia de la música. O no. Pero no es imprescindible tener la razón para describir correctamente la realidad. Era el 17 de agosto de 1959, y un nuevo disco de jazz salía a escena a generar un punto de inflexión en la historia de la música: 66 años desde su lanzamiento y sigue siendo ese referente musical que marcó un antes y un después en la historia del género y más allá.

Cuando “Kind of Blue” se grabó, algo misterioso ocurrió en la historia de la música moderna, pues registró de manera casi plástica y como que sin querer queriendo y sin mayor ensayo previo, ésta es la cuestión, la melancolía de una nación. ¿Qué había en “Kind of Blue” que hizo que una refinada élite que disfrutaba, esencialmente, de la música clásica se interesara por lo que aquellos rebeldes (de mayoría afroamericana) tocaban? La respuesta, en gran medida, está en Blue in Green: la balada que “blanqueó” al jazz.

Estaréis conmigo en que Blue in Green es absolutamente impresionante. La melodía es de una belleza cautivadora, transmite una profunda sensación de calma e introspección creando una atmósfera de nostalgia y serena reflexión. La interacción entre el piano de Bill Evans y la trompeta de Miles es sencillamente mágica. En realidad, Blue in Green no es solo una canción, es una experiencia: un viaje jazzístico a través de la emoción y el alma.

John Coltrane, Cannonball Aderley, Miles Davis y Bill Evans, fotografiados por Don Hunstein durante la grabación de 1959 (Clarín)
En la portada del disco, con su “arma” entre las manos, el gran trompetista nos reclama, nos dice que nos sentemos con tranquilidad para oír algo atemporal, algo que, oído hoy después de tantos años, sigue siendo una verdadera obra de arte. Otros cuatro temas forman el álbum: So what, Freddie Freeloader, All blues y Flamenco sketches. Con Miles Davis a la trompeta, John Coltrane al saxofón, Bill Evans al piano, al contrabajo Paul Chambers y a la batería Jimmy Cobb. El saxofón alto fue tocado en este álbum por Julian «Cannonball» Adderley, cada pieza musical constituye un diálogo entre los instrumentos.

Podemos decir sin temor a equivocarnos que Miles Davis es "el artista" por excelencia. Un hombre imprescindible en el jazz moderno ¡desde finales de los 40! Lo fue para los Boppers al lado de Charlie Parker, para el cool con Gerry Mulligan, para… ¿para quién no?. Miles, como el genio que era, escogió en el momento preciso a las personas adecuadas para abrirle paso a una tendencia fundamental que, de no haber sido por esa selección y por esa conjunción musical, se habría diluido irremediablemente en el barullo azaroso de la vida y el trabajo en el que todos estaban inmersos. Miles dibujó en ese instante un arco temporal en función del cual la influencia de la música interpretada estaba llamada a tener una consistencia de perduración canónica, como ocurrió con lo que hicieron Bach o Mozart o Beethoven, que pareciera que están fuera del tiempo, que sus composiciones son siempre contemporáneas, que nunca suenan a viejo, que son, literalmente, clásicos. Y si algo adquiere el estatuto de clásico es porque está fuera y por encima de las modas. Miles es el músico del SXX. Hacer una obra maestra tiene mérito, reinventarse varias veces a si mismo con obras maestras, es lo que le hace imprescindible.

Fotografía de Cultura Inquieta

Un último dato: "Kind of blue" vendió, nada más y nada menos, que más de 2.000.000 de copias. Un hit en el jazz en tiempos del reinado del rock que puso el listón muy alto durante décadas. En la actualidad, todavía vende 5.000 copias a la semana.

No me voy a despedir sin hablar de Gaza. Cuando Janine di Giovanni, una periodista que ha cubierto Sarajevo, Ruanda, Irak o Siria dice que nada se compara con Gaza, no es una hipérbole: es un diagnóstico. Gaza no solo es la violencia extrema contra una población encerrada y castigada colectivamente, es también el espejo que nos devuelve la imagen más repugnante de nuestra época: Lo que distingue a Gaza no es solo el horror, sino la impunidad con la que se ejecuta mientras Trump y Netanyahu nos venden un plan de paz sin garantías ni justicia. Ofrecen a los palestinos la opción de elegir entre el apartheid colonial y la ocupación, en el mejor de los casos, y en el peor, sirve de pretexto para la continuación del genocidio. No es un plan de paz, es un ultimátum. Mientras, Israel asaltó el miércoles los barcos de la flotilla Global Sumud en aguas internacionales, donde rige el derecho a la libre navegación. Fue, por tanto, una operación completamente ilegal, que ha levantado protestas en todo elmundo. Israel es un estado genocida. Y desde este espacio no dejaré de denunciarlo. No desconectemos de nuestra humanidad, no dejemos de hablar de Palestina.

Buenas noches.  Bona nit.  Boas noites. Bones nueches. Arratsalde on Надобраніч. طاب مساؤك. לילה טוב


 


domingo, 7 de abril de 2019

Love Theme Spartacus

Donde la desesperación y la alegría coexisten

Me encanta la música de cine. No era muy consciente de esta afirmación hasta que, hace 5 o 6 años, un día me metí de lleno en las bandas sonoras de Morricone.  Entonces descubrí que me encantan las grandes orquestas que cuentan grandes historias con melodías memorables y, a la vez, humildes. Una gran banda sonora puede provocar emociones que se abren paso en la mente y en el corazón  o, incluso, hacer que todavía crea posible un mundo mejor.  Si el papel es más paciente que los seres humanos, la música es y será siempre más esperanzadora.

En todas las bandas sonoras hay ciertas melodías que trascienden el tiempo y, simplemente, transmiten con ellas una emoción indeleble y una energía indescriptible que es universal. Tal es el caso de Love Theme From Spartacus, escrito por el compositor Alex North para la banda sonora de la película  “Spartacus” de 1960, dirigida por Stanley Kubrick  y protagonizada por Kirk Douglas.   


          Este tema de amor se escucha por primera vez en la película cuando el gladiador Espartaco ve a una hermosa esclava, Varinia, y comienza a soñar que la vida podría ser diferente a cualquier cosa que él haya conocido. Disfrutan de una relación demasiado breve, con un hermoso florecimiento de ternura y libertad antes de que Espartaco sea derrotado y crucificado, junto con sus rebeldes.



En la escena final, el tema del amor se esfuerza por hacerse oír de nuevo debajo de los platillos y cuernos romanos, mientras Varinia presenta su hijo a su amante, quien ha nacido libre. Lo que transmite es tremendamente triste y al mismo tiempo, esperanzador. Podría ser tan solo una película de los años sesenta, con actuaciones que han pasado a la historia del cine, envejecidas por el tiempo, pero comunica algo terrible, maravilloso y actual: que las personas han muerto, mueren y morirán por ver a sus hijos libres, por vivir libremente una vida mejor. 




Un sacrificio como este es a la vez trágico y hermoso. Lo vemos cada día cuando un migrante  hace el viaje a Europa en un intento por mantener a su familia en Somalia, Sudán o Siria o huyendo de la guerra y la esclavitud. Lo vemos cuando los que tienen la capacidad de abandonar una ciudad devastada se quedan por el bien de aquellos que no pueden irse. En la película, el personaje de Espartaco sueña con anhelo un Dios para los oprimidos: un "Dios para los esclavos", y reza para que su hijo un día nazca libre. Al final de la película, eso es lo que significa la música: que su sacrificio no ha sido en vano.

La música que me impacta, a menudo es bastante melancólica. Esta melodía de amor agridulce es tan conmovedora que ha inspirado a muchos intérpretes, se ha adaptado e incluso se ha convertido en parte del repertorio de jazz. Con muchas versiones conocidas, es gratificante ver que cada una es única y, lo más importante,  es profunda por sí misma. Un buen tema para unos grandes músicos. Abrid, pues, vuestros oídos y vuestra alma a la belleza del Love Theme From Spartacus.

         Comencemos con la hermosa versión de Yusef Lateef  en “Eastern Melodies” (como se muestra en la mezcla de Lexis Snow Jazz mix). Transmite la emoción que todos sentimos cuando estamos expuestos a esta canción. Está bellamente construida; el marco principal está sostenido por su oboe a la manera de los encantadores de serpientes y un acompañamiento que ahorra espacio para acunarnos mejor. Cerrad los ojos y dejaos cautivar.


Seguimos con la versión de “El Profeta”, uno de los muchos apodos de Ahmad Jamal. Este genio del teclado nos interpreta una magnífica pieza, el equilibrio perfecto entre la habilidad en solitario y el respaldo adecuado del jazz. ¡Verdaderamente hermosa e impecable!


Una nueva mirada, esta vez interpretada con la guitarra, nos la ofrece Gabor Szabo, quien lleva el tema a su salsa poniendo algunos colores de su país y su universo musical tan especial.


Siguiendo con la guitarra, podemos escuchar es otra versión incluida en el disco de Carlos Santana "The Swing of  Delight", el último de los tres discos en solitario (los otros son “Illuminations” en 1974 y la “Oneness” en 1979) que se publicó bajo su nombre temporal en sánscrito, Devadip Carlos Santana, nombre dado por Sri Chinmoy, su maestro espiritual.


Otra maravilla es la versión de Herbie Hancock, que tiene la costumbre de agregar a sus sonidos de jazz unos pocos riffs aquí y allá.


El grupo de jazz italiano Quartetto Moderno, nos ofrece una versión más ligera de la canción en la que podemos destacar el sonido de su flauta.


Una de las versiones más desconocidas es la de Quasar, un músico que forma parte del linaje de DJ japoneses inspirados en gran medida en Nujabes. Un pequeño viaje que mezcla ruidos de ambientes, sonido de jazz y un excelente ritmo para hacer que muevas la cabeza.


Sin dejar de rendirme a lo que acabamos de escuchar, para mí la versión que más profundiza en el tema es la realizada por Bill Evans, un genio torturado que vivió una vida aislada de la que escapó a través de las drogas y la música. En sus “Conversations with Myself”, Evans extendió la melodía de North y la interpretó en la medida en que lo permitían los estándares de jazz. La versión primera de las dos que os propongo (tiene más) la interpreta con su trío y el flautista de jazz Jeremy Steig que le brinda unos los aireados riffs. Sin embargo, la que más me emociona es otra versión para piano solista apodada Nardis de la excelente recopilación en solitario de “Solo Sessions”. Esta versión deja transpirar todo el peso emocional de manera absolutamente maravillosa.



Pero quizás la versión que más me gusta de todas las que he escuchado es la de Gary Peacock, de su álbum “Tangents”, un LP en el que reina la serenidad (quizás por ello me gusta tanto). Desde sus orígenes,  Peacock estableció un nuevo rol para el bajo como una voz melódica independiente que en Spartacus  encuentra un buen vehículo para la improvisación.




No sé si coincidiréis conmigo en que Spartacus Love Theme es una canción donde la desesperación y la alegría coexisten. Cuando aceptemos que la vida se acabará, seguramente nos encontraremos en este estado gozoso donde se cantará en nuestro interior una bella melodía, música profundamente poderosa e intrínsecamente bella que nos liberará de nosotros mismos. Para mí es de lo que se trata esta música.  

Buenas noches. Bona nit. Καληνύχτα. مَساءُ الخَير . Gabon. 굿나잇. Boas noites. 晚安 Bonne nuit グッドナイト    Buonanotte. לילה טוב.  Oíche mhaith. Wengi alus. Bones nueches. اچھا شام Noson dda. Good night. Спокойной ночи. Guten Abend.



lunes, 13 de julio de 2015

Paul Motian, el arquitecto del ritmo del jazz

"No importa que seas el patrón o el último mono, al final todos acabamos en el mismo vagón"

Lo sé. Sé que hoy debería dedicarle mi música nocturna a Javier Krahe. Una lógica aplastante me arrastra a esa elección. Su muerte ayer, cogida por sorpresa (al menos para mí), debería convertirse en el impulso irrefrenable de realizar un sentido homenaje a ese lúcido, irreverente, irónico, sarcástico y mordaz poeta convertido en cantante, una suerte de Quijote del siglo XX para toda una generación, en el que los molinos y los gigantes se entremezclaban con versos y acordes de guitarra.

Pero no. No quiero. Todos mis referentes musicales desde mi juventud se van quedando atrás, y este blog, un blog intimista que quiere ser un refugio para aislarnos del mundo, para desconectar por unos minutos de nuestra acelerada vida, para descargar el peso de esta mochila que llevamos a cuestas y que se llena de tensión a lo largo del día; un espacio para recuperar la calma, para sentir mariposas en el estómago, para que se nos erice la piel, se nos ponga un nudo en la garganta (música para dejarnos llevar) no puede ser un eterno obituario.


Así que esta calurosísima noche del mes de julio, para dar la bienvenida a unas vacaciones que mañana estrenaré, os voy a hablar de Paul Motian.

Las revoluciones en el jazz casi siempre se relacionan con el ritmo, con el tempo. Y los baterías, por lo tanto, siempre están profundamente involucrados en estas revoluciones aunque pocas veces se habla de ello. Hay muchos bateristas en la historia del siglo XX que, independientemente de su técnica, resultan personales y reconocibles. Desde Art Blakey a John Bonham, todos son bastante fáciles de identificar en unos pocos compases, lo que resulta una hazaña en un instrumento como este.  Paul Motian no sólo era reconocible sino que se inventó una forma de tocar, un estilo completamente personal, y con ese estilo llevo a cabo una revolución tranquila. Puede parecer extraño para llamar a un baterista "tranquilo", pero desde el inicio de su carrera hasta los últimos meses de su vida, Motian hizo tambalear las cosas. En silencio. Brillantemente.

La pócima de Motian consistía en entrar y salir del tiempo, deconstruir los golpes habituales del compás y reordenarlos a placer sin perder el pulso (ni el norte).  Escuchándole uno se da cuenta de que el tempo está ahí, esté o no acentuado; de que los patrones de Motian vuelan libres generando unas cualidades rítmicas que van de lo tenso a lo sugerente sin más motivo, dirección o guía que la propia voluntad del baterista. Su toque era aéreo, delicado, minimalista y anárquico, rozando en ocasiones lo aparentemente errático, pero sin perder una pizca de su mágico swing, siempre esquivo y misterioso. En una ocasión leí que alguien lo llamaba “el arte de tocar a su puñetera bola”, una definición tan poco ortodoxa como acertada.

A lo largo de toda su carrera nos enseñó que se podía esculpir el tiempo, que se podían dibujar sonidos en el aire, que la batería era más que ritmo, más que un instrumento de percusión. En sus manos, las baquetas, los parches y los platos pudieron crear melodías, pudieron dirigir a todo un grupo jugando caprichosamente entre polirritmos y acentos inesperados. Con él aprendimos que el espacio y el silencio pueden ser tan demoledores y apoteósicos como el más estruendoso solo de batería.

 Recordado, sobretodo, como el baterista de la clásica Bill Evans Trio de la década de 1960,  Motian también fue miembro del cuarteto del pianista Keith Jarrett en la década de 1970, y en la década de 1980 comenzó al frente de su propio trío con éxito, con el saxofonista tenor Joe Lovano y el guitarrista Bill Frisell. Entre quienes pueden considerarse sus discípulos destacan, además, los saxofonistas Tony Malaby y Joshua Redman, y los guitarristas Kurt Rosenwinkel y Wolfgang Muthspiel, miembros todos ellos de su quinteto, eventualmente conocido como The Electric Bebop Band.


Fue un acompañante siempre inteligente y sensitivo para aquellos con los que tocaba. Nunca vivió de las rentas, ni se acomodó a base de amortizar los momentos álgidos de su carrera, de una estirpe diferente, miembro clave de una generación no sólo histórica, sino irrepetible.

Una de sus últimas presentaciones fue en el mítico Village Vanguard,  en Greenwich Village, en Nueva York,  junto a Masabumi Kikuchi y Greg Osby. En las grabaciones era el soporte rítmico sobre el que Bill Evans y LaFaro podían desplegar toda su magia. Con eficaz discreción era Motian el que permitía que el contrabajista saliese de su función habitual y, por decirlo así, marcase los goles. Motian sabía en todo momento hasta donde podía llegar, por eso fue siempre un grandísimo músico acompañante que no necesitaba sus enormes dotes como solista para dejar oír su voz. El primer volumen de “Live at the Village Vanguard” es quizá el mejor ejemplo del carácter exigente de su música.


Editó  más de treinta álbumes, sin incluir las numerosas colaboraciones que dejó grabadas. Su último disco fue “Windmills of your mind”.


Al igual que Miles Davis, Paul Motian supo utilizar el silencio de manera muy eficaz. Pero el 22 de noviembre de 2011 el silencio se hizo eterno. Paul Motian, pues, siempre ha sido, es y será uno de los grandes. Ahora, dejemos que la historia le suba a los altares que le corresponden y recordémosle como debe ser: escuchando su música.

Buenas noches. Bona nit. Καληνύχτα. مَساءُ الخَير . Gabon. Boas noites.