
El universo sinfónico mahleriano es riquísimo y permite siempre descubrir nuevas sensaciones y significados. Su discografía es inmensa, repleta de reediciones y nuevas aportaciones. Mahler hizo de la sinfonía y la grandiosidad una forma de expresión personal única y un vehículo de evolución y desarrollo de la tradición germánica heredada desde Bach hasta Bruckner, pasando por Mozart, Beethoven, Brahms y Wagner, quien le influyó definitivamente durante su época de estudiante y del que se convirtió en uno de los más fieles intérpretes.
Nuestro gran compositor siempre tuvo la sensación de que la vida se le escapaba entre los dedos como el agua al cerrar la mano, sobre todo desde que viera consumirse durante meses entre fiebres reumáticas a su hermano Ernst, un año más joven que él. Al pie de su cama, inventaba todo tipo de cuentos de hadas para entretenerle, llenos de dragones y caballeros. Contarle cuentos a un niño de trece años que va a morir. Una situación paradójica, despiadadamente cruel, que hará mella en su corazón e inspirará el sorprendente tercer movimiento de su Primera Sinfonía
La “Cuarta Sinfonía” es un buen ejemplo de algo que caracteriza toda su creación: una facilidad extrema para abarcar todos los registros emocionales que puede suscitar la música. Sus melodías pasan repentinamente de reflejar el anhelo de lo sublime y heroico a describir un regodeo sarcástico y grotesco. Una airosa marcha militar victoriosa se transmuta en unos cuantos compases en una lúgubre procesión funeraria. De lo alto a lo bajo y de lo inferior a lo superior. Para Mahler, una sinfonía debía abarcar la totalidad de la experiencia humana.
El adagietto de la Quinta Sinfonía fue inmortalizado en la película Muerte en Venecia. Esta sinfonía acompaña a toda la película y el adagietto corona el trágico y triste final de la misma.
Nadie que haya visto la obra de Visconti olvidará el exquisito cuarto movimiento de "la Quinta" de Mahler. Es una de esas piezas que suspenden el ánimo, como una profunda compresión del drama humano y que por eso son extremadamente difíciles de describir. Para mí, una verdadera canción de amor.
Su “Octava Sinfonía”, dicen los expertos, no es una obra que se pueda solamente escuchar. Hay que verla al mismo tiempo que se está interpretando. Porque su sobrecogedora monumentalidad tiene sus momentos (el Veni Creator o el finale), pero entre ambos extremos fluye un largo discurso en el que coros e instrumentos se dividen en pequeños grupos instrumentales y vocales casi camerísticos que se van moviendo musicalmente por la escena según un juego de timbres perfectamente establecido. Es la única sinfonía de Mahler que fue un éxito el día del estreno.
Estaréis conmigo que la música de Mahler es como una espiral abierta hacia la exaltación de la tierra, de la vida, en la que la sinfonía actúa como espejo y síntesis del mundo y la voz, la canción, como su expresión mínima, la más íntima. Al término de su existencia, tanto la “Novena Sinfonía” como su famosísima Das Lied von der Erde (La canción de la tierra) estructuralmente llenas de auto-citas, de miradas retrospectivas hacia el camino musical recorrido, están impregnadas de melancolía y nostalgia. Melancolía que brota del amor a todo lo terrenal que, inevitablemente, habrá de abandonarse. Nostalgia de la tierra. Y de ahí el tono melancólico de la despedida, del adiós, que intenta dejar fluir esa voz, la voz de la tierra: "¡La tierra querida por todas partes / Florece en la primavera y reverdece de nuevo! / ¡Por todas partes y siempre la lejanía luce azul! / Siempre… siempre…".
Mahler ha sufrido periodos de ostracismo por culpa en parte a su carácter innovador y en gran medida por la llegada del nazismo a Europa y particularmente a Austria y Alemania, que la tachó de “degenerada”. Su condición de judío, también ayudó a que esto fuera posible Cuando era minusvalorado en vida por críticos y directores, afirmaba: “Mi tiempo llegará”. Y acertó. Sus sinfonías han ido creciendo en valoración, como un universo sonoro que integra felicidad y dolor, alegría y tristeza, y transmite dudas e intensas y complejas emociones. Un buen montón de esa emociones provocadas por la que fue su inspiración y su desasosiego, su mujer Alma Mahler. Pero esa es otra historia.