domingo, 24 de marzo de 2013

Shemekia Copeland

“Un vendaval de voz y sentimiento”

Dicen que el blues es un estado mental,
un manual para aprender a llorar,
la banda sonora del desamor,
un gato en celo oculto en un callejón.
(Joaquín Sabina)


El blues refleja incluso en su nombre una profunda sensación de tristeza y melancolía. Su propósito, sin embargo, tanto para el artista como para el oyente, es el de superar aquellos sentimientos y elevar el espíritu. Tal y como el legendario guitarrista de blues, B. B. King lo describe: “El blues es dolor, pero un dolor que causa regocijo”. “Es una música mágica y una música que sana”, agrega el pianista de jazz y blues, Eli Yamin.

Con Shemekia Copeland me crucé ayer, de regreso de un concierto de guitarra en Barcelona, cuando íbamos por la Ruta 61, "una carretera nacional estadounidense que va desde la ciudad de New Orleans en Louisiana hasta la frontera con Canadá. Discurre paralela al Río Mississippi, y atraviesa de lleno el Delta de Mississippi, que tanto significado tiene para el blues. Una ruta importante en las migraciones de músicos negros del jazz y del blues del sur al norte, a Memphis, a Saint Louis, y de manera destacada a Chicago". El presentador de este programa de Radio 3, Justin Coe, pronunció su nombre con un acento americano tan perfecto que me las he visto y deseado para saber quién era la dueña de este torrente de voz y sentimiento que dice estar Casada con el blues”.


Siguiendo un poco su trayectoria en seguida se percibe que era un “alma vieja” a tierna edad, una cantante de blues hecha al molde de Koko Taylor y Etta James, capaz de expresar una gran emoción con la empatía y la sensualidad de su voz.

Hija del legendario guitarrista de blues Johnny Clyde Copeland, Shemekia literalmente creció en el blues. Empezó a cantar cuando tenía tan solo 8 años, en el show de su padre, en el Cotton Club, que pronto descubrió el magnetismo que la voz de su hija tenía para el público. Cuando a los quince años la salud de su padre comenzó a fallar, su perspectiva cambió. "Fue como si un interruptor se encendiera en mi cabeza. Yo quería cantar", dice ella. "Se convirtió en un deseo y una necesidad. Tuve que hacerlo”

Yo creo que la genética sólo no puede explicar su inmenso talento. Dueña de una voz privilegiada, posee además esa característica tan difícil de conseguir, y tan subjetiva, además, que es el talento interpretativo. Luego de haber sido instruida en el blues tejano por su padre que era de Louisiana, su música viene del fondo de su corazón... y de las calles de Harlem, donde nació en 1979, y donde creció, en el que conviven artistas callejeros con cantantes de gospel o bandas tocando en parques locales.

Tras una actuación, Bruce Iglauer, presidente del sello Alligátor Records la ficha para su discográfica. En la edición de su debut, “Turn The Heat Up” la crítica coincidió en señalarla como una gran promesa, un huracán por moldear; y fans de todas las edades fueron conscientes de que un nuevo talento había llegado. Su canción solitaria original en el álbum, Ghetto Child, mostró las habilidades incipientes de la cantante.



Copeland pasó así de ser adolescente advenediza a una de las voces más prominentes en el blues, ostentando el título de "Reina del Blues" en el Festival de Blues de Chicago en 2011. Shemekia ganó su corona con una serie de grabaciones de alta calidad y una programación de la gira implacable que la llevó a todos los festivales importantes, desde Europa a Irak hasta una memorable actuación en la Casa Blanca compartiendo cartel con Buddy Guy, Mick Jagger, Jeff Beck, BB King y otros grandes, con una voz que, desde luego no es un susurro. No Whisper 


En su último trabajo “33 1/3” quiere mostrarse mucho más cercana a sus raíces que en otros trabajos, pero dejando que el góspel y el rock permeen algo de sus interpretaciones. Shemekia se mueve por diversos temas que marcan la complejidad de la era que vivimos, como la violencia contra la mujer, la demagogia religiosa y el clima que se vive por la depresión económica. Además de sus composiciones originales nos ofrece versiones de temas de Sam Cooke, Bob Dylan y, como es ya una costumbre, de su padre. Shemekia Copeland tiene 33 años y 1/3 de edad, una cifra que sirve para bautizar este álbum y  que, además, funciona perfectamente para la edición en vinilo, pues a esta velocidad giran los discos en este formato. Llena aún de juventud, la cantante se muestra ya veterana y sabia, plena de energía que sabe dirigir en cada una de sus canciones sin poner restricciones a su talento natural.... otra vez .One More Time 


"Siempre he querido ser un cantante de blues", dice Shemekia. "Nunca quise ser otra cosa. Hay tantas personas para quienes el blues no era su género de elección, sino que aterrizaron aquí porque fueron rechazadas en otra parte. Ese nunca fue mi el caso. Quiero ver esta música evolucionar y crecer, y para que eso suceda, tengo que evolucionar y crecer como artista. Tengo que ser capaz de cantar una canción folk de Bob Dylan o una canción country Randy Weeks y reinterpretarlo en el contexto de los blues. Está en el corazón de casi todas las otras formas de la música americana. Es un género que cuenta historias”

Espero que este paseo a través de Shemekia Copeland por "el dolor que sana" os haya agradado tanto como a mí.

viernes, 8 de marzo de 2013

El Réquiem de Mozart: El camino hacia la eterninad

“Duele más el recuerdo del sufrimiento que el propio dolor”

Estremecedor. Cualquiera que quiera escuchar el Réquiem de Mozart sabe que a lo largo del concierto su alma formará parte de un juego de emociones que no podrá controlar; se sincronizará con la obra y se encontrará con melodías que elevarán su espíritu y que harán incontenibles las lágrimas.  El Réquiem de Mozart llega hasta la médula de quien ha perdido a alguien que amaba. Incluso de quien un sueño se le ha hecho pedazos.

El Réquiem es una obra que encuentra sus raíces justamente en la vida, en su drama. Lo que envuelve el Réquiem de Mozart es una fuerza vivencial.  Para mí es un Réquiem de vida eterna. Lo que el genio Mozart nos dejó fue una joya que atestigua sus vivencias, sus carencias, su idea de la vida después de la vida. Tanta fuerza, tanto dinamismo no puede hablar de otra cosa sino de la vida.

Pocas obras están tan pegadas a la leyenda como ésta. La forma en la que se gestó y el no haberse terminado alimentan el misterio que envuelve la última de las composiciones del genio de Salzburgo. La composición de la Misa Réquiem de Mozart está rodeada de una oscura fantasía que narra una extraña visita al compositor de un misterioso, tétrico y desconocido para pedir el encargo para una Misa de Réquiem, en el verano de 1791; el nombre del destinatario no podía ser revelado. Mozart, obsesionado con la idea de la muerte desde la de su padre, debilitado por la fatiga y la enfermedad, muy sensible a lo sobrenatural por su vinculación con la francmasonería e impresionado por el aspecto del enviado, terminó por creer que éste era un mensajero del Destino y que el Réquiem que iba a componer sería para su propio funeral atormentando sus últimos días de vida.

El 7 de septiembre Mozart le escribía a Antonio Salieri que a la sazón se encontraba en Londres, la siguiente carta:" Aff.mo. Señor, quisiera seguir vuestros consejos, pero ¿cómo lograrlo? tengo la cabeza trastornada, cuento mis fuerzas y no puedo apartar de los ojos la imagen de ese desconocido. Lo veo continuamente, me ruega, me solicita e, impaciente, reclama mi labor. Prosigo, ya que el componer me fatiga menos que el reposo. Aunque sea así, nada temo. Siento, en lo que experimento, que la hora suena; estoy a punto de expirar; habré acabado antes de haber gozado de mi talento. Era tan bella la vida, la carrera se abría bajo auspicios tan afortunados, pero no se puede cambiar el propio destino. Nadie mide sus propios días, es preciso resignarse, será lo que guste a la providencia, acabo y he aquí mi canto fúnebre, que no debo dejar imperfecto"

Más tarde se supo que aquél sombrío personaje (al parecer, llamado Franz Anton Leitgeb) era un enviado del conde Franz von Walsegg, cuya esposa había fallecido. El viudo deseaba que Mozart compusiese la misa de réquiem para los funerales de su mujer, pero quería hacer creer a los demás que la obra era suya y por eso permanecía en el anonimato.

Ésta es la estructura de la obra
I.Introitus (Introito):
Réquiem æternam (Dáles el Descanso Eterno, Señor)
II.Kyrie (Señor, ten Piedad)
III.Sequentia (Secuencia)
- Dies iræ (Día de Ira)
- Tuba mirum (Magnífico Sonido de Trompeta)
- Rex tremendæ maiestatis (Rey de Tremenda Majestad)
 - Recordare, Iesu pie (Recuerda, Jesús Piadoso)
- Confutatis maledictis (Confundidos los Malditos)
-Lacrimosa (Día de Lágrimas Aquel)
IV.Offertorium (Ofertorio)
-Domine Iesu Christe (Señor Jesucristo)
- Hostias et preces (Sacrificios y Preces)
V.Sanctus (Santo, Santo, Santo)
VI.Benedictus (Bendito)
VII.Agnus Dei (Cordero de Dios)
VIII.Communio (Comunión)
- Lux æterna (Luz Eterna)

De las numerosas partes de que consta el Réquiem de Mozart he escogido algunas de las que me parecen las más bellas. Por lo que revela el manuscrito original, se sabe que este primer fragmento del Réquiem, el Introito, fue íntegramente escrito por el compositor. Comienza con una doliente introducción por la orquesta, introducción bastante breve, tras la cual van entrando sucesivamente las distintas voces del coro. El tono suplicante, a la vez que la infinita resignación que se trasluce en todo este movimiento nos revelan en toda su intimidad el estado del alma de su autor.

Basada en los textos latinos del acto litúrgico católico usados cuando una persona fallece, el Réquiem de Mozart es una obra incompleta y por tanto, existen algunas versiones con diferentes retoques y cambios, como las versiones de Beyer,, Robbins Landon, Druce y Levin.

La más  famosa es la versión de Süssmayr, revisada por Franz Beyer en 1972, que intenta recuperar la más auténtica pureza mozartiana, aunque, tiene también sus críticos. Mozart dejó completa la Introducción y había redactado gran parte de los 5 primeros movimientos de la Secuencia (del Dies irae al Confutatis), además de 8 compases del sexto movimiento, Lacrimosa.  En ella sentiréis la penetrante angustia que acompañó al autor en sus últimos días.

Es una de las páginas más sentidas e inspiradas de la producción mozartiana y en la que puede apreciarse más claramente la calidad del sentimiento religioso que animaba el alma del gran músico salzburgués. Para interpretar mejor lo que expresa la música en este coro, conviene saber lo que dice el texto, cuya traducción literal es la siguiente:

“Oh día de lágrimas aquél en que saldrá del polvo el hombre, como reo, para ser juzgado. Ten misericordia de él, ¡oh Dios, compasivo Jesús, Señor! Dales (a las almas) el descanso eterno. Amén”.

En este doliente larghetto, las frases melódicas y la armonía de todo el conjunto adquieren tal carácter de súplica y a la vez un tono de resignación tan patético, que realmente nos transporta, nos conmueve, sobre todo cuando pensamos que fue ésta la última página que nos legó el genio portentoso de Mozart: su canto de muerte

Süssmayr añadió el trombón del Tuba mirum, escribió el Sanctus, el Benedictus y el Agnus basándose en los esbozos e ideas de Mozart. Finalmente, repitió la fuga del Kyrie. Süssmayr fue más que un discípulo de Mozart. Se ocupó de muchos asuntos personales de su maestro y concluyó el Réquiem con suma fidelidad a su persona y a su música.

Toda la obra goza de una belleza inefable; pero me gustaría destacar la fuerza expresiva del Dies irae que pone el vello de punta a quien lo escucha viviendo la letra y el momento evocado.

Fortaleza, inspiración, dramatismo; con este Réquiem Mozart dio vida a una obra inmortal, como su autor.

Para los queráis deleitaros con el concierto entero aquí lo tenéis.



Si muchos supiéramos la de sensaciones, cromatismos y sentimientos que la música puede ofrecernos, si fuéramos conscientes de cómo la música es capaz de vehiculizar nuestras vivencias quizás habríamos más gente enamorada de la MÚSICA: De CUALQUIER tipo de música.